Enseñanzas Náuticas

Para conocer la mar y todo lo que le rodea

Los Bous artillados y el combate naval del cabo Machichaco

Posted by jonkepa en noviembre 19, 2009

El bou es un arte de la pesca de arrastre, consistente en una especie de barco tirado por dos barcos. El bou sería, también, el barco poderoso especialmente bien dotado para la pesca. Los bous de nuestra historia son barcos de hierro, grandes rápidos, capaces de afrontar los mares arbolados del Cantábrico o del Gran Sol y los hielos de Terranova.

Tripulación del Guipuzcoa izando la ikurriña

Ante la penuria de buques que sufrieron las dos marinas enfrentadas en nuestra guerra civil muchos de estos barcos fueron artillados y empleados como unidades auxiliares. Su peripecia es bien. desconocida, en consecuencia con el escaso relieve que la bibliografía de la guerra civil ha dado a la guerra en el mar.

Bou Nabarra

En su gesta hay casos tan peregrinos como el del Galerna, un bacaladero de 1.204 toneladas, que amenazó al Hood con hundirle si no se apartaba de su ruta. El crucero Almirante Cervera trató de interceptar al mercante británico Mac Gregor cuando se hallaba a 10 millas de la costa. Se lo impidió con su sola presencia el crucero de batalla británico Hood clasificado por entonces como acorazado (41.000 toneladas y 8 piezas de 381 mm.). Intervino en ese momento el bou Galerna, que acompañaba al crucero español.- cortó el rumbo del mercante con un cañonazo a proa y, aunque no consiguió su presa por la intervención del destructor británico Firedrak, asombró al Hood cuando con señales de banderas le pidió que no interceptase su rumbo bajo amenaza de hundirle.

Sin embargo, el papel de los bous excedió, a veces con mucho a las esperanzas que sobre ellos se depositaron.
Ninguna acción bélica de los bous puede compararse a la que protagonizaron cuatro pesqueros vascos de la marina auxiliar de Euzkadi el día 5 de marzo de 1937, cuando las tropas de Franco preparaban su ofensiva sobre el frente vasco y cuando Bilbao comenzaba a sufrir los efectos del bloqueo impuesto por los sublevados, por más que tal bloqueo tuviera más agujeros que un gruyere.

Bou Bizcaya en puerto

El día 4 de marzo se hicieron a la mar rumbo a Bayona los bous Gipuzkoa (1.200 toneladas, 12 nudos de velocidad y 2 piezas de 101 mm.), Nabarra (1.200 toneladas, 12 nudos y 2 piezas de 101 mm.), Donostia (287 toneladas, 12 nudos, 1 pieza de 76 mm. y otra de 47 mm.) y Bizkaya (1.200 toneladas, 12 nudos y 2 piezas de 101 mm.) con la misión de escoltar al mercante Galdarnes, un vapor que navegaba bajo la bandera republicana y que embarcaba a unos 200 pasajeros, 5 toneladas de moneda de Euzkadi acuñada en Francia y carga general.

Tripulación del Bizcaya en el puente

A las 20 horas, ya de noche, los 4 bous llegaron frente al puerto de Bayona, de donde salía ya el Galdarnes. Cuando el mercante (3.700 toneladas y 8,5 nudos de velocidad, que con mal tiempo bajaban a 4, llegó a la altura de los bous, éstos se situaron por parejas a babor y estribor: Nabarra y Donostía por el Norte; Gipuzkoa y Bizkaya, por el Sur, formando un cuadrado en cuyo centro navegaba el Galdarnes. Estas operaciones de contacto y encuadramiento concluyeron a las 21,10 horas. En este momento, el convoy vasco se encontraba a 3 millas al noroeste de Bayona. El tiempo era tranquilo y los capitanes confiaban en entrar en el puerto bilbaíno de El Abra hacia las 12 de la mañana del día 5, después de una singladura de 90 millas, necesariamente alargada (en línea recta de Bayona a Bilbao no hay más de 70 millas), para alejarse de la costa guipuzcoana ocupada por los nacionales.

Plano de la Batalla de Machicaco

Las cosas comenzaron a complicarse poco después. A unas 8 millas de Bayona se levantó marejadilla del Oeste y comenzó a menguar la velocidad del convoy. Una hora más tarde, hacia las 23, el mar estaba ya en fuerte marejada, evolucionando hacia mar gruesa. El Galdarnes apenas puede ya rebasar los 4 nudos de velocidad y deriva lenta, pero inconteniblemente, hacia el Norte, obligando a los bous Donostia y Nabará a perder el rumbo original para mantenerse en escolta. Entre tanto, el Bizkaya y el Gipuzkoa, que seguían la derrota prevista, perdieron el contacto con el convoy al no poder romper el silencio radiofónico. Pero el temporal era esa noche menor enemigo que el cazador que a esas horas abandonaba la base naval de El Ferrol. El espionaje franquista acababa de informar que el mercante Mar Cantábrico navegaba cargado de armas hacia un puerto republicano del Norte y se envió al Canarias, la más potente unidad naval española de la época (10.000 toneladas, 30 nudos de velocidad, 8 piezas de 203 mm., artillería secundaria de 120 y 102 mm. ), a interceptarle.

El Nabarra atacado por el Canarias (Oleo)

El crucero y los bous protagonizarían la batalla del cabo Machichaco, en la que también hubiera podido intervenir el destructor republicano José Luís Diez (1.536 toneladas, 36 nudos de velocidad, 5 piezas de 120 mm. y 6 tubos lanzatorpedos), que se desentendió de la defensa del convoy vasco. . El José Luis Díez se refugió en el puerto francés de Burdeos, donde desertó la oficialidad y se pasó a Franco, lo que aclara su actuación en el combate de los bous.

El crucero pesado Canarias

El 5 de marzo amaneció frío, el cielo estaba nuboso y el viento aún era fuerte, aunque en disminución. Hacia las nueve de la mañana se avistaron los bous Bizkaya y Gipuzkoa a unas 14 millas al nordeste del cabo Machichaco. Para no romper el silencio radiofónico ambos se aproximan y los capitanes respectivos, Bilbao y Galdós, se comunican mutuamente haber perdido al resto del convoy y acuerdan comenzar su búsqueda sin romper el silencio de la radio, salvo acontecimientos extraordinarios. Bilbao, con el Bizkaya, rehace su andadura hacia el Este, mientras Galdós, con el Gipuzkoa, se desplaza hacia el Oeste por si el convoy hubiera rebasado El Abra en medio del temporal.
En realidad, el convoy se encontraba a unas 45 millas al nordeste del cabo Machichaco, mientras el Canarias avanzaba a una velocidad de 20 nudos por las aguas de la costa santanderina.
Van pasando las horas y en Bilbao comienzan las preocupaciones. Los bous tardan demasiado. La inquietud se convierte en angustia hacia las 12,30, cuando los observadores de la batería costera de Punta Galea (equipada con piezas Vickers de 152,4/50 milímetros modelo 1923) localizan una gran unidad naval a unas 18 millas al Norte. El Canarias aún no había sido identificado y en Bilbao se quería creer que era algún buque del Comité de no Intervenci6n, pero a las 13 horas el buque fue identificado.
El convoy estaba en peligro de perderse por completo.
Quien primero vio lo que se le venía encima fue el Bizkaya, que a las 13,10, tras haber buscado inútilmente al convoy, por la proa a la ría bilbaína. En aquel momento caía un chubasco, pero de pronto se abrió un claro en el cielo y el Bizkaya se vio a unas 4 millas del Canarias. El capitán Bilbao puso en marcha la radio y dio la alarma, que sonó en todas las cabinas del convoy. El Canarias, por casualidad, se había colocado en el centro del disperso convoy vasco: Al Oeste tiene al Gipuzkoa; enfrente al Bikkaya, y a babor, al Nabara, Galdarnes y Donostia, todos al alcance de su artillería, aunque sólo pueda ver al Bizkaya.
El crucero, a 20 nudos, gana sobre el bou, que, ha tocado zafarrancho de combate al tiempo que, a toda máquina, navega hacia la costa. Sólo 3 millas separaban a ambos buques y, ante el asombro de los vascos, el Canarias no hace fuego. En el crucero también había problemas. Su precipitada salida de El Ferrol había impedido el reglaje de su artillería principal. El director de tiro, Manuel Calderón -tercer comandante del Canarias- había estimado en 6 horas el tiempo que precisaba para el reglaje, en vista de lo cual el comandante de navío Salvador Moreno, ordenó levar anclas, sabiendo que esas 6 horas eran vitales para el cumplimiento de su misión. Ahora, con el Bízkaya bajo la sombra de sus cañones, se acercaba rápidamente para no marrar sus disparos. Otra preocupación del Canarias era el mercante Yorkbrook, al que, al parecer, había apresado cuando navegaba hacia un puerto republicano y que ahora, bajo la amenaza de sus cañones, marchaba mansamente hacia Pasajes.
La mole del crucero parecía ya a punto de aplastar al bou cuando los observadores del Canarias avistaron en un abierto del día al Gipuzkoa, que marchaba a toda máquina hacia El Abra. Las cuentas fueron rápidas en el buque de guerra: primero, el Gipuzkoa, antes de que entre en Bilbao; luego el Bizkaya, que -no tendrá tiempo de ponerse a cubierto. Así, cuando el capitán Alejo Bilbao esperaba la andanada de 4 piezas del 203 a una distancia mortal de necesidad, vio con asombro cómo el crucero viraba en redondo.
La casi milagrosa liberación del Bizkaya significaba una sentencia de muerte para el Gipuzkoa, que se hallaba a unas doce millas de Bilbao y a 8,del Canarias. Eran las 14 horas. El crucero acorta distancias y abre fuego con su artillería pesada. En ese momento la falta de reglaje de las piezas del crucero salvaron al bou. Comienza la carrera de la muerte: el Gipuzkoa ha de pasar 20 minutos de fuego y angustia antes de hallarse bajo la protección de los cañones de costa de Punta Galea. Serán los 20 minutos más largos de la vida del capitán Galdós y sus hombres. El bou salta entre las olas, mientras los disparos del Canarias le siluetean por babor y estribor. Al fin, una granada alcanza la popa del Gipuzkoa, desmonta el cañón y mata a tres de sus servidores. La artillería secundaria del crucero entra en acción; uno o dos proyectiles alcanzan al bou, que comienza a arder. La metralla que lanzan los cañones mal afinados acribilla los costados del bou, que mantiene su rumbo envuelto en humo. El capitán Galdós es herido; también su segundo, Badiola,.

El Guipuzcoa entra en el abra tras el combate (óleo de David Cobb,1977)

Pero ya los telémetros de la batería de Punta Galea comienzan a funcionar: 21.000 metros, 20.000, 19.000…, la distancia es demasiado larga para las piezas que manda el comandante Francisco Gutiérrez; de cualquier forma ordena hacer fuego para evitar el hundimiento inminente del bou, y el Canarias no quiso exponerse y viró en redondo a las 14,30, mientras su jefe de tiro, el teniente de navío Faustino Ruiz, lamentaba la falta de reglaje de sus piezas y mientras el Gipuzkoa, convertido en una hoguera flotante, era auxiliado por las mangueras del remolcador Altsu. A las 4 de la tarde fue por fin amarrado a los chicotes de El Abra, con 5 muertos y 12 heridos a bordo.

Un Bou y su tripulación

El Bizkaya mantuvo su rumbo hacia Bermeo, su única oportunidad de salvación antes del regreso del crucero. Pero ese día el capitán Alejo Bilbao tenía la suerte de cara: no sólo había escapado de los cañones del Canarias, sino que en su desesperada marcha hacia Bermeo localizó al Yorkbrook, al que obligó a entrar en puerto. Eran las 16 horas. El buque estoniano fue descargado durante la tarde mientras a lo lejos continuaba el cañoneo: el Canarias tenía otras presas.

Efectivamente, a las 14,30, cuando el comandante Moreno hizo virar al crucero para eludir el fuego de Punta Galea, su Estado Mayor comenzó a valorar la situación: primero, capturar al Mar Cantábrico; segundo, escoltar al Yorkbrook,- tercero, capturar o hundir al bou Bizkaya. Se imponía, pues, un rumbo de intercepción hacia el cabo Machichaco. Pero en ese momento, los vigías del Canarias detectaron la presencia de barcos a proa: 5 buques sin identificar. El Bizkaya, que en aquellos momentos estaba apresando al Yorkbrook, se salvaba por segunda vez el mismo día.
La alarma dada por el Bizkaya había sonado en la radio del resto del convoy vasco hacia las 13,30. Los capitanes de los tres buques advierten que entre el muelle salvador de El Abra y ellos -en esos momentos a unas 25 millas al norte del cabo Machichaco- están los cañones del Canarias,- por tanto, en vez de mantener la maniobra Oeste-Suroeste, recién comenzada, dieron orden de poner proa al Norte buscando la proximidad de la costa francesa para escapar del crucero. Pero el temporal que amainaba y permitía al Galdarnes una velocidad de unos 6 nudos también dio al Canarias la opción de localizar al convoy al aumentar la visibilidad.

Cuando el Galdames y los dos bous iban en dirección Oeste-Suroeste hallaron a dos pesqueros, el Pantzezka y el Josefa-Mike1, que se unieron a los barcos armados suponiendo que estarían más protegidos en su compañía. Su sorpresa fue mayúscula cuando hubo banderas ordenando virar al Norte. En ese momento, el Canarias se hallaba a unas 15 millas.
Durante 30 minutos los 5 buques vascos aumentan la distancia a unas 17 millas; luego, cuando el crucero elude las baterías de El Abra, la distancia vuelve acortarse, aunque el Canarias aún no hubiera avistado a los buques vascos.
Eso ocurrió hacia las 14,20 y a las 14,40 abrió fuego el crucero, ordenando con sus señales que se parase el convoy. Obedece el mercante y también los pesqueros que, sin banderas de señales, sufren otra andanada antes de que el Canarias advierta la situación.
Y en ese momento, cuando el crucero inmovilizaba a mercantes y pesqueros, el Nabarra abrió fuego. Eran, aproximadamente, las 15 horas y la distancia entre ambos buques unas 5 millas, distancia que superaba las posibilidades artilleras del bou. Enrique Moreno, capitán del Nabarra -dos Moreno frente a frente, uno con un crucero, otro con un bacaladero-, un murciano de la Unión, treinta años de edad, decidió sacrificar su buque y tripulación para alejar al crucero de sus presas.

Había comenzado la desigual batalla. El bou, casi siempre fuera de distancia, dispara sin cesar mientras corre zigzagueando rumbo Noroeste. El Nabarra comienza a lograr su propósito. A las 17,30, el Canarias, que ya ha incendiado el bou, está a unas 6 millas del Galdames y de los pesqueros. Los tres buques a poca máquina se van alejando del crucero, pero los observadores del Canarias advierten la maniobra y, en un viraje, el crucero lanza una salva que alcanza al mercante. El Galdames se detiene resignado, mientras los pesqueros terminan por escapar.

Aquello no es una tregua para el Nabarra, sobre el que llueve la metralla del crucero, que le controla, le acosa y le acribilla casi siempre fuera del alcance de las dos piezas de 101 mm. del bou, que disparan cada tres minutos (la de proa se agarrota tras una hora de lucha). Hay fuego a bordo y también una docena de muertos. Algunos tripulantes abandonan el bou perdido que sigue luchando ante el asombro del Canarias: “No he conocido hombres más valientes que aquellos. El bou ardía por los cuatro costados; parecía que no podía quedar nadie vivo a bordo, pero cuando nos acercábamos para el remate nos soltaban otro cañonazo”, diría Manuel Calderón

Precisamente, en uno de esos acercamientos, un proyectil del Nabarra alcanzó al Canarias, causando un muerto y varios heridos. Pero el bou estaba irremediablemente perdido: media tripulación muerta o herida, incendios por todos los lados, una explosión en calderas…; a las dos horas de combate, tras haber disparado un centenar de cañonazos, el capitán Moreno dio permiso para abandonar el casco que aún cortaba las olas atemporaladas. Se fletaron dos botes y en ellos se salvaron 19 marineros, aunque algunos estaban gravemente heridos.

El Canarias observó el lanzamiento de los botes y dio por finalizada la lucha. Se acercó al bou y le remató con una andanada que le envió a pique. Con el Nabara se hundieron el capitán Moreno y su segundo, Sarasola, que no quisieron abandonar el casco moribundo.
Entre tanto, el cuarto bou, Donostia, que había seguido el combate sin poder intervenir por su pobreza artillera, intentó recoger uno de los botes del Nabarra, pero hubo de alejarse por los ruegos de los tripulantes del bote cuando ya el Canarias estaba sólo a 2 millas. Al final, mientras el Canarias recogía los botes del bou hundido, el Donostia pudo escabullirse protegido por las sombras de la noche y entró en el puerto de Arcachón.
Los 19 prisioneros lograron sobrevivir a sus heridas. Recibieron un trato humanitario del Canarias, que les entregó en el puerto de Pasajes. Fueron juzgados y condenados a muerte en San Sebastián, pero antes de que se cumpliese la sentencia intervino Manuel Calderón, el que fuera director de tiro del Canarias y que, en 1938, había pasado a ayudante naval de Franco en el Cuartel General de Burgos. Calderón, admirador de aquellos adversarios que tanto trabajo le dieron el 5 de marzo de 1937, logró el indulto para todos y se convirtió en su protector durante la posguerra.
Así concluía la batalla de los bous, en la que venció el Canarias, como era lógico, pero aún hoy resulta difícil entender el valor de las tripulaciones de los bous y su sacrificio, que hizo posible que tres de ellos se salvasen y que consiguieran apresar un mercante, el Yorkbrook, cuyo flete era más precioso para Euzkadi que el del Galdarnes, el mercante perdido.

Escrito por caracalla en El Gran Capitán.(Fuente principal: El combate del cabo Machichaco (1937-3-5). BIDASOA, Instituto de Historia Contemporánea. Editora GEU. Bilbao.)

Lo siguiente es un articulo publicado en el Diario Vasco de San Sebastian por Arantxa Aldaz.

«Nos salvó el temporal»

Era el servicio número 33. La noche anterior al viaje, los 181 tripulantes del Gipuzkoa, Bizcaya, Nabarra y Donostia, cuatro bacaladeros de Pasaia reconvertidos en buques de guerra, recibieron instrucciones concretas para una nueva misión: escoltar al mercante Galdames, un vapor que llevaba más de dos meses atracado en Bayona a la espera del convoy de seguridad para arribar a la costa vizcaína con 173 pasajeros a bordo, víveres, medicamentos, toneladas de monedas, maquinaria, gran cantidad de correspondencia y hasta películas de cine.

Ramón Manterola (Zumaia, 1915) siguió al pie de la letra la hoja de ruta y embarcó con las primeras luces del día en el Gipuzkoa, el 4 de marzo de 1937, desde el puerto de Bilbao, junto al resto de sus compañeros y otros tres barcos más. La operación, altamente secreta, formaba parte de las labores de vigilancia y escolta de la Marina Auxiliar de Euzkadi, creada en 1936 por la Consejería de Defensa del Gobierno Vasco para ayudar a la armada republicana en la protección del tráfico marítimo durante la Guerra Civil.

Los pasos a seguir llegaron en un sobre escrupulosamente cerrado. Como en las 32 anteriores ocasiones, los cuatro barcos de apoyo esperarían al mercante a una hora y en un punto concreto en mitad del Cantábrico. El encuentro se produjo hacia las nueve de la noche, a unas cinco millas al oeste de Bayona. La mar estaba revuelta. Las olas batían cada vez con más fuerza a medida que caía la noche. El convoy avanzaba a duras penas, con las luces apagadas y con los equipos de radiotelegrafía en silencio para evitar ser cazados por la flota franquista. El temporal de lluvia y granizo les acompañó en todo su trayecto, hasta que dos de los barcos, el Gipuzkoa y el Bizkaya, perdieron contacto en mitad de la tempestad, sin saber lo que les esperaba al amanecer.

Ramón lo recuerda «como si fuera ayer», aunque en realidad han pasado siete décadas desde entonces y hoy es, a sus 92 años, un testigo único de la batalla que ocurrió el 5 de marzo de 1937 frente al Cabo Matxitxako, un momento histórico que marcó un punto de inflexión en la flota auxiliar republicana y propició el avance franquista por el Cantábrico.

La flota vasca de apoyo a los republicanos la formaban cuatro buques de la factoría bacaladera Pysbe, el Mistral, el Vendaval, el Euzkal Erria y el Hispania, rebautizados como Gipuzkoa, Nabarra, Bizkaya y Araba, respectivamente, a los que luego se sumaron más efectivos. Para organizar las tripulaciones, se creó el voluntariado del mar, al que se inscribieron unos novecientos hombres. Entre ellos se encontraba Ramón, un veterano superviviente que repasa la efeméride desde el salón de su casa en Zumaia. Habla rápido, «muy nervioso». La conmemoración de la batalla le devuelve los recuerdos de toda una vida, que comparte amablemente durante la conversación.

Nacido en el seno de una modesta familia con ocho hijos, formó parte de la flota pesquera guipuzcoana antes de alistarse en la Marina Auxiliar de Euzkadi con sólo 22 años. Entró como marmitón en el Nabarra, y en febrero de 1937 fue destinado al Gipuzkoa, un traslado que le salvó la vida la mañana del 5 de marzo de hace setenta años.

El ‘Canarias’

Aquel día, el cielo se despertó encapotado y de nuevo el mar se revolvía en una fuerte marejada. El centenar de voluntarios embarcados en el Gipuzkoa y en el Bizkaya seguían rastreando las aguas por separado en busca del convoy perdido, cuando, inesperadamente, se cruzó en su camino el crucero Canarias, el buque más potente de la flota franquista, que había interceptado la ruta secreta de los republicanos.

«Y de repente, ¿damba, damba, damba!». A Ramón le cuesta pronunciar las palabras, pero la máquina de la memoria le traslada en pocos segundos al escenario de la batalla. Su testimonio también lo escucha el historiador Juan Pardo San Gil, autor de varios libros sobre la Marina Auxiliar de Euzkadi. Ramón conversa a duras penas. Pardo le ayuda a recordar.

El reloj marcaba la una y media del mediodía. El primer proyectil impactó directamente en el cañón de popa del Gipuzkoa, causando la muerte de dos artilleros. Ramón y el medio centenar de tripulantes respondieron, mientras que el Bizkaya logró huir y atracar en Bermeo, después de liberar al mercante Yorkbrook, apresado por el Canarias antes del combate. El intercambio de fuego continuó una hora más, hasta que los voluntarios republicanos fueron alcanzados por un nuevo cañonazo, que esta vez impactó en el puente de mando, lo que causó tres muertos más y un incendio de grandes dimensiones.

Averiado y con decenas de heridos, el Gipuzkoa consiguió acercarse a la costa. «Había muy mala mar y el barco aparecía y desaparecía de las olas. Eso nos salvó», confiesa Ramón. Las baterías de tierra de Punta Galea y Punta Lucero empezaron a disparar al adversario, que cambió de rumbo y volvió mar adentro, donde prosiguió la batalla. «Nos salvó el temporal. Si no llega a ser por la mala mar…», comenta el zumaiarra, inseparable de su txapela, calzada siempre hacia la izquierda.

La segunda parte de la contienda se ensañó con el Nabarra, que acabó en las profundidades del golfo de Vizcaya después de quedar sin gobierno. La mitad de la tripulación, entre ellos el comandante y el primer oficial, prefirieron quedarse a bordo y hundirse con el barco, un gesto que se convirtió en símbolo de la lucha por la libertad para los vascos de la época, que interpretaron la derrota como una victoria moral. El resultado fue trágico: un muerto en el Canarias, cinco en el Gipuzkoa, 29 en el Nabarra y cinco pasajeros en el Galdames. Los supervivientes del pecio hundido fueron capturados por la flota franquista, condenados a duras penas de cárcel y milagrosamente indultados un año después, gracias a la intercesión personal de Manuel Calderón, oficial del Canarias nacido en Deba, que luchó en la batalla de Matxitxako.

De nuevo, el 5 de marzo

Ramón sabe que tuvo suerte y aún hoy su cabeza desmenuza aquellos momentos para encontrarles algún sentido. «Hacía pocos días que me había cambiado de barco. Le dije al secretario de marina que no estaba a gusto en el Nabarra, y me trasladaron al Gipuzkoa. ¿Qué casualidad!», exclama.

No fue ésta, sin embargo, la única pasada que le jugó el destino durante la Guerra Civil. A principios de junio de 1937, Ramón desembarcó del Gipuzkoa y se enroló en el destructor republicano Ciscar, junto con un centenar de compañeros de la Marina Auxiliar. A bordo del buque participó en un breve combate con el crucero Cervera (10-6-37) frente a Bilbao y con el minador Júpiter frente a Gijón (11-8-37). El Ciscar fue hundido en el puerto del Musel por la aviación el 20 de octubre del 1937 y sus tripulantes escaparon a Francia.

Pasaron unos meses hasta que cruzaron la frontera y fue, casualmente, un 5 de marzo, pero de 1938, cuando se vio envuelto en un nuevo capítulo de la contienda marítima contra los buques franquistas, esta vez, en el Mar Mediterráneo. Un año después de la batalla de Matxitxako, Ramón navegaba en el crucero Libertad, buque insignia de la flota republicana con el que participó en varios servicios de protección a mercantes. La flota había salido en una misión de apoyo a lanchas torpederas cuando se encontraron en mitad del mar con el Canarias, el Baleares y el Cervera, tres buques franquistas que escoltaban a otros tres mercantes. «A veinte millas del cabo de Palos», precisa el superviviente. Allí, en el fragor de la contienda, Ramón revivió las escenas de la derrota militar vivida un año antes. «Hundimos al Baleares, justo un año después de Matxitxako».

La fecha se le volvió a quedar grabada y cuando al año siguiente se produjo la sublevación de la flota republicana al arribar al puerto de Cartagena, Ramón volvió a mirar con asombro al calendario. «También era un 5 de marzo. ¿Otra casualidad!». Los buques de la Armada republicana decidieron no regresar a España y pusieron rumbo a las costas de Argelia, donde se rindieron en el puerto tunecino de Bizerta, el 7 de marzo, después de solicitar asilo para sus tripulaciones y con la guerra ya prácticamente perdida. Ramón, que seguía a bordo del Libertad, fue desembarcado y estuvo en un campo de concentración hasta que fue repatriado a Cádiz en el buque Marqués de Comillas, a finales de marzo de 1939. «Pasé unos meses en un campo de concentración en Rota. Luego me llevaron ante el Consejo de Guerra. El abogado me preguntó si había matado a alguien. Yo respondí que no y me dejaron en libertad», resume con asombrosa brevedad.

Ramón regresó entonces a Zumaia para reconstruir su vida y reconducir su caprichoso destino, cansado después de cuatro años de guerra y con cientos de historias a su espalda. Batallas, avances, retrocesos, escoltas, cañonazos, heridos y muertos, el sin sentido de las guerras que nunca olvidó y que mañana, 5 de marzo, rememorará una vez más rodeado de los suyos desde el sillón de su casa, tan lejos y tan cerca del Cabo Matxitxako.

Yo lo he sacado de la web Simulación naval y de una respuesta de un tal

Oarso

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  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: El bou es un arte de la pesca de arrastre, consistente en una especie de barco tirado por dos barcos. El bou sería, también, el barco poderoso especialmente bien dotado para la pesca. Los bous de nuestra historia son barcos d…..

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