Enseñanzas Náuticas

Para conocer la mar y todo lo que le rodea

El Oriflama

Posted by jonkepa en marzo 14, 2010

El navío de línea de dos puentes “El Oriflama” fue construido para la armada Francesa en Toulon, en el año de 1743, por el ingeniero y constructor Pierre Blaise Coulomb (1699-1753), miembro de una destacada familia de constructores navales franceses.


El Oriflama poseía las siguientes dimensiones: 41,3 metros de eslora; 40,18 metros de quilla; 10,78 metros de manga; 4,0 metros de plan; 5,16 metros de puntal y 1,72 metros de entrepuentes, con un desplazamiento de 1,500 toneladas.

Bergantín francés, de los usados por los Corsarios en el Río de la Plata y en los mares del Atlántico Sur.

Portaba 50 cañones, aunque se llegó a artillar con 56, de la siguiente manera: 24 cañones de a XVIII en la primera batería, 26 cañones de a XII en la segunda batería y 6 de a VI en el alcázar, por lo que se clasificaba como un navío de Cuarto Rango, Primer orden.

Así sirvió a la Armada francesa hasta abril de 1761, cuando es capturado por los Ingleses, que estaban en guerra contra Francia desde 1756. No utilizándolo en su armada, fue transformado en navío mercante, conservando su nombre.


Aunque no sabemos con exactitud en virtud de que circunstancias pasó a manos Españolas, suponemos que el echo ocurriera a fines de diciembre de 1761, cuando en medio de la escalada de hostilidades que presagiaban la declaración de guerra entre España e Inglaterra, Carlos III ordena la captura de todos los barcos Ingleses anclados en puertos Españoles. Entre los Españoles mantuvo su condición de mercante pero se rebautiza con el nombre de “Nuestra Señora del Buen Consejo y San leopoldo”, pero siempre mantuvo el alias de “El Oriflama”. Clausurándose la primera batería de cañones para transformarla en bodega, quedando artillado solo con 26 cañones de a VIII en la segunda batería.

Suponemos que luego de la apropiación se subasta a particulares y de esta forma lo obtiene su último propietario Juan Baptista de Uztaris, Hermanos y Compañía. Entre los años 1763 y 1768 realiza varios viajes a la Nueva España.

Durante este período, varios documentos denuncian su derrota desde Cádiz hacia Veracruz, desde allí a la Habana, y retornar a España cargado con los caudales de México.

Su último viaje, con destino al Callao, lo realizó posiblemente, en conserva del navío “San Joseph” alias “El Gallardo” (por cuanto este último conducía el registro del Oriflama por duplicado). Así el 18 de febrero de 1770 zarpó del puerto de Cádiz con una tripulación de 176 hombres y 38 pasajes, a cargo del capitán Joseph Antonio de Alzaga. Su Maestre, Joseph de Zavalsa se comprometió a viajar “derechamente” hacia el puerto de la mar del sur, sin tocar ningún otro puerto bajo pena de multa.

Con una carga total de 108,000 palmos cúbicos de mercancías y excediéndose en 3,584 palmos cúbicos las 628,5 toneladas de arqueo de su bodega, El Oriflama totaliza un registro igual a 436 que incluía: 1,658 cajones de todo tipo y 1,738 cajones arpillados conteniendo cristalería de la granja de San Ildefonso, por encargo del Rey para ser vendidos en el virreinato, en beneficio de las fabricas de Talavera. Este será sin dudas el cargamento más valioso a bordo y el objeto de todos los esfuerzos del rescate luego del naufragio.

Casi al término de su viaje y luego de cinco meses de navegación El Oriflama es avistado, el 25 de Julio de 1770, aproximadamente en los 34º 09′ de latitud Sur, entre los puertos de Concepción y Valparaíso, por el navío español San Joseph, alias El Gallardo, capitaneado por Juan Esteban de Ezpeleta, quién ordena ponerse al pairo, a fin de identificar al otro navío. El Oriflama no responde al cañonazo disparado ni a la bandera de señales izada como aviso en El Gallardo, por lo que dispone que un bote se dirija hacia el otro barco, distante unas dos leguas.

De esta forma, el segundo piloto de El Gallardo, Joseph de Álvarez, a bordo del bote, pudo conocer la identidad del Oriflama y enterarse del estado desastroso de los pasajeros y tripulación, víctimas del frío, hambre y escorbuto. Desde su partida habían echado 78 cadáveres al mar, quedaban a bordo 106 enfermos graves, y sólo 30 hombres podían maniobrar en forma limitada las velas inferiores, siendo incapaces de subir más arriba de la primera cofa.

El capitán Ezpeleta ordenó se embarcase de inmediato en el bote una tripulación de auxilio y provisiones para brindarles ayuda inmediata, “jamones, un barril de sémola, una barrica de harina, quesos y vino”. No obstante, la calma que había posibilitado la reunión de ambos navíos, se transformó de improviso en un viento fuerte del norte que impidió el acercamiento del bote con provisiones.

Ante esto, Ezpeleta ordenó arriar las velas para mantener su posición, y dispara un segundo cañonazo para que El Oriflama, con el viento a su favor, viniese hacia El Gallardo, “a fin de meterle dentro todo cuanto estaba en el bote y socorrerle con cuarenta hombres, pero El Oriflama, sin hacer caso ni demostración ninguna, prosiguió la vuelta de afuera, que había emprendido con las cuatro principales rizadas y el sobremesana”. En vista de la sorpresiva y errada maniobra del Oriflama, el capitán de El Gallardo optó por seguirlo, ejecutando idéntica maniobra, además de señalar su posición con faroles dispuestos estratégicamente sobre los mástiles. A las diez de la noche se vio la ultima luz de un farol del Oriflama, la que se perdió después, por haber arreciado el viento. Al día siguiente 26 de Julio, sobre las dos y media de la tarde, el Oriflama es avistado nuevamente por el Gallardo y por ultima vez.

En horas del mediodía del 27 de Julio de 1770 y bajo una terrible tempestad de viento y agua, El Capitán Feliciano Lottelier divisó el navío que venia por la costa y que al acudir con gente a la orilla del mar, ya estaba encallado sobre la misma reventazon y cerca de la desembocadura del Huenchullami. Desarbolado a ras de cubierta con la popa separada de la proa, y con alrededor de ocho hombres en el bauprés pidiendo socorro, el Oriflama se pierde para siempre con su tripulación bajo una fuerte tempestad la que impidió cualquier ayuda.

Al día siguiente aparecieron sobre la playa algunos cajones y fardos, fragmentos del casco y arboladura junto a 12 cadáveres.

Ocho meses después del naufragio, El 8 de Marzo de 1771 llegó al paraje de Huenchullami, procedente de Lima, Juan Antonio de Bonachea, con 9 marineros y 3 buzos expertos; bajo órdenes directas del Virrey Amat de encontrar los restos y su cargamento a cualquier costo. Sin embargo pese a todos los esfuerzos estos no aparecieron y se informó ” Que durante todo el tiempo que se encontraba en el sitio no había visto la mar tranquila tres días, por lo que consideraba casi imposible el rescate aún en caso de encontrar la carga. Dando por finalizada la búsqueda en los primeros meses de 1772.

El Oriflama: Ensayo sobre una leyenda de la zona del Maule

Cuenta la leyenda:

Caían las primeras sombras del 23 de Junio de 1770 cuando en las cercanías del puerto de Valparaíso, fue divisado el bizarro velero español Oriflama, que había zarpado a principios del mismo año, desde el puerto de Cádiz.

Sucedió que, a poco de navegar, una misteriosa epidemia provocó una horrenda mortandad entre la tripulación, la que se acentuó pronto con una escasez de alimentos que produjo una desesperada hambruna.  El Capitán del velero Gallardo, ordenó disparar una salva de cañonazos en homenaje a su amigo, el Capitán del Oriflama, sin embargo desde esta, nadie respondió el saludo. El Capitán Ezpeleta ordenó alcanzar al silencioso velero, presintiendo que algo grave ocurría a bordo, pero la noche impidió su empeño. Tan solo al otro día un bote, perteneciente al Gallardo, logró abordar al Oriflama… El espectáculo era sobrecogedor, aterrante, macabro; 149 pasajeros y tripulantes yacían muertos diseminados entre los 106 sobrevivientes, casi todos moribundos.

Los marineros del Gallardo no lograron imponerse sobre los verdaderos motivos que produjeron tales efectos, porque los que aún daban señales de vida no podían hablar, ni siquiera moverse. Cuando volvieron al Gallardo, contaron las verdaderas razones del silencioso recibimiento por parte de la Oriflama y porqué la nave mantenía solamente una vela izada. El Capitán ordenó el rápido transporte de víveres y medicamentos. Cuando la orden comenzaba a cumplirse y los botes estaban prestos a ser descolgados, un violento temporal comenzó a desencadenarse en la bahía y las naves hermanas empezaron a separarse cada vez más. Todo el día el temporal se ensañó con el Oriflama y el mar tempestuoso lo convirtió en un frágil juguete de las olas.

Las primeras sombras de la tarde mostraron de él tan solo un destartalado velero a punto de zozobrar que apenas mostraba su arboladura en lontananza.

Pronto sobrevino la noche, una noche de aguaceros y vientos furibundos. Las jarcias y los mástiles rumoreaban una oración extraña y sobrecogedora. La tripulación del Gallardo pensaba que el Oriflama estaba irremediablemente perdido, que a esa hora sus escasos tripulantes y pasajeros habrían expirado debido al viento frío y al aguacero.

De pronto, sucedió un alucinante acontecimiento: el velamen del Oriflama comenzó misteriosamente a ser izado y rápidamente el viento inflamó sus velas. Tanto y tanto se hincharon que en un breve lapso la Nave de los Agonizantes zarpó con rumbo desconocido.

El Oriflama encendió toda sus luces y, así engalanada, con sus mástiles y palo mayor iluminados, se alejó velozmente noche adentro.

El Capitán Ezpeleta, aferrado al barandal de proa, no podía convencerse de que cuanto estaba sucediendo era realidad…

Así fue como el hermoso velero gaditano: El Oriflama, ingresaba al misterioso círculo de los barcos fantasmas que de tiempo en tiempo aparecen a los marinos que surcan nuestro litoral.

El Oriflama frecuenta los puertos nacionales mostrando sus velas hinchadas, plenamente iluminado y con su macabro cargamento de 300 tripulantes y pasajeros muertos. Esta es la historia del bergantín fantasma llamado también  Nave de los agonizantes

Naufragio y Descubrimiento del Navío español “Oriflama” frente a las Costas de Constitución

Los mares que bañan las costas de Chile ocultan la historia de un naufragio perdido con grandes tesoros abordo. El hombre encargado de reconstruir la fantástica historia de este barco hundido en 1770 fue el historiador Mario Gisande, miembro de la Academia de Historia Naval y Marítima de Chile, quien lleva 15 años investigando los episodios ocurridos en nuestras aguas territoriales.

Atraído por el magnetismo del mar y las bibliotecas, se aventuró en la frenética búsqueda de uno de los diez barcos más buscados por la corona española, pero jamás encontrado: el Oriflama.

Hoy, todas las pistas indican que los restos del navío reposan diseminados en el mar, entre la desembocadura de los ríos Maule y Mataquito, en la Séptima Región.

Aporte histórico

El Oriflama fue un navío de registro de la Armada Francesa construido en los astilleros de Toulón en 1743, dotado de una artillería de 56 cañones de fierro y bronce.

A partir de 1756, Francia entró en guerra con Inglaterra. Tras sucesivos enfrentamientos durante más de seis años, el Oriflama terminó siendo capturado por los ingleses, quienes optaron por no utilizar el barco en su armada y lo transformaron en un navío mercante.

En 1762, en virtud de circunstancias que se desconocen, el navío pasó a manos Españolas, y se rebautizó como Nuestra Señora del Buen Consejo y San Leopoldo, aunque conservó en calidad de alias el nombre Oriflama -Oriflamme en francés.

Con el tiempo, el navío mercante apareció en manos de la poderosa Casa Uztariz de Cádiz, la que lo destinó a la Carrera de Indias como Navío de Registro.

Entre 1763 y 1768 realizó diversos viajes a la Nueva España. Por esos años, varios documentos denuncian su travesía desde Cádiz hacia Veracruz, desde allí a La Habana, hasta retornar finalmente a España cargado con los caudales de México.

Zarpe sin retorno

El último viaje del Oriflama se inició el 19 de febrero de 1770, cuando zarpó desde el puerto de Cádiz. Lo hizo junto a otro navío llamado San Joseph, alias El Gallardo. Probablemente se separaron al cruzar el temido Cabo de Hornos y sólo se volverían a encontrar en circunstancias menos felices.

Su destino era al Puerto de El Callao, en Lima, Perú, portando un cargamento surtido de un número indeterminado de joyas, fierro, telas, herramientas y mercadería en general, destacaba entre ellos una invaluable cristalería fina manufacturada en La Fábrica Real de España. Los destinatarios de las mercaderías eran las más ilustres familias de la nobleza limeña y quiteña.

Cinco meses después del zarpe en Europa, el Oriflama fue avistado a unas 120 millas al sudoeste de Valparaíso por el navío español San Joseph, al mando de Juan Esteban de Ezpeleta, quien ordenó identificar al otro navío disparando un par de cañonazos al aire e izando una bandera como aviso. Sin embargo, el Oriflama no respondió a las señales, por lo que se dispuso enviar un bote a inspeccionar el barco que no tardó en informar del desastroso estado de la tripulación.

Se había declarado la peste al interior del Oriflama. El frío, el hambre y el escorbuto habían diezmado a la tripulación. Desde su partida habían echado al mar 78 cadáveres, 106 hombres estaban gravemente enfermos y el resto de la tripulación, 30 hombres, maniobraban con dificultad las velas inferiores.

A las deplorables condiciones descritas se sumaría un violento temporal, desechando la posibilidad de cualquier intento de rescate. La suerte del barco estaba irremediablemente sellada y la nave quedó a la deriva.

Era el mediodía del 26 de julio de 1770 cuando desde la costa del Maule lugareños avistaron a la distancia el Oriflama y observaron con sorpresa y pavor como el gran navío era arrastrado por un inusual temporal, para terminar estrellándose en una rompiente, tras lo cual se partió en dos.

La terrible tempestad de viento y agua y la fuerza del oleaje impidieron brindar ayuda a los escasos sobrevivientes. Entrada la noche, el barco y sus tripulantes se perdieron para siempre en las profundidades del mar.

El Futuro del Proyecto “Oriflama”

Entre fines del 2003 y comienzos del 2004, la empresa Oriflama S.A. proyectaba itinerar con una muestra cultural que contempla montajes de paneles educativos, charlas y la presentación de un micro documental, junto con lanzar en una edición de lujo la publicación del libro El Oriflama, nave mártir del Pacífico.

La importancia de estos trabajos de investigación generó que productoras internacionales como el National Geographic y Discovery Channel manifestaran interés en realizar una saga documental sobre el Oriflama, el cual sería difundido en al menos seis idiomas.

Actualmente, el proyecto cuenta con los patrocinios de la Universidad Marítima de Viña del Mar y de la Academia de Historia Naval y Marítima.

La empresa de investigaciones marítimas Oriflama S.A., luego de conseguir autorización para la prospección arqueológica de los restos del navío y su carga han determinado su ubicación a varios metros bajo la superficie en la arena a solo cincuenta metros de la playa de La Trinchera, 30 kilómetros al norte del río Maule.

Conclusión

Al finalizar esta narración podemos concluir que los Mitos y Leyendas del Mar están basados en hechos reales acaecidos en algún momento de nuestra historia y que gracias a la narrativa oral de los sucesos se han ido transformando o cambiando de latitud según quien nos las cuente.

Aun así, la rica imaginaria del mar que en este curso hemos tocado con gran interés entusiasma al lector y nos lleva a investigar para saber más de nuestra historia marítima y sus raíces.

Bibliografía:

Naufragios en las costas de Chile, A. Vio Valdivieso

Para mayor información visite:

Patrimonio : Mitos y Leyendas de Valparaíso

Proyecto “Oriflama”

Fuentes:

1.- Oriflama.org

2.- Mar de Chile

3.- Foro la Taberna del puerto

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2 comentarios to “El Oriflama”

  1. Información Bitacoras.com…

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  2. […] Historia de un navío: El Oriflama nauticajonkepa.wordpress.com/2010/03/14/el-oriflama/  por soulheroes hace 2 segundos […]

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