Enseñanzas Náuticas

Para conocer la mar y todo lo que le rodea

Corsarios e Historia, vascos y vascones

Posted by jonkepa en julio 6, 2011

JOSE ANTONIO AZPIAZU ha analizado los avatares de los marineros y marinos de las costas vascas durante la Edad Media y los siglos XV y XVI, encontrándose con que la PIRATERÍA o CORSO MARINO era muy habitual entre las gentes de los puertos y barcos vascos.
Tal como el autor expone: ” El corso, la piratería, formaba parte de la tradición del mar”.
Añade que la historia de la navegación en el Golfo de Vizcaya “se resume en una historia de sangre y diplomacia, de navegantes y políticos, de corsarios y de mercaderes”.

EL ESCENARIO

 

Aunque el Mediterráneo fue visitado asiduamente a partir de la Edad Media por mercaderes y corsarios vascos, el verdadero medio donde actuaron éstos fue el atlántico.
La geografía vasca, su situación estratégica entre la península y el continente, la orografía y la constitución de su costa, con puertos naturales y rías aceptables para la navegación, ofrece un teatro a propósito para la práctica de la navegación, pero asimismo para la escaramuza, la maniobra y el juego de tintas y engaños que se convertirán en la salsa habitual de muchas facetas de la vida marinera.
Una vez preparado el escenario, los factores individuales y sociales emergen, poderosos, a inicios de la Baja Edad Media.

Marineros e instituciones, individuos y villas recién fundadas sobre anteriores poblamientos, se convertirán en actores de primera línea en el mundo atlántico.
En el siglo XIV, la presencia vasca era tan temida que el propio rey inglés se quejaba de que “Tanta es su soberbia que habiendo reunido en las partes de Flandes una inmensa escuadra, tripulada de gente armada, no solamente se jactan de destruir del todo nuestros navíos y dominar el mar anglicano, sino también de invadir nuestro Reino”, y se tienen noticias de que, a principios del siglo XV, barcos vascos atacan la costa inglesa, en busca de confrontación o de ventajas comerciales.

En otra ocasión, unos pasajeros vascos que viajan en un barco inglés aprovechan el cansancio de los miembros de la tripulación, que estaban descansando tras una tormenta, para asesinarlos y llevar el barco a Galicia con el objeto de venderlo.
Alguno de estos transgresores se había refugiado en ORIO, y los que lo perseguían se encontraron con dificultades para detenerlo, puesto que la comunidad portuaria lo protegía contra la interferencia de autoridades extrañas.

El descubrimiento y el control de las Indias cambian el panorama de las relaciones entre las naciones europeas.
La conquista de las Indias, unida a las posesiones heredadas en Centro-Europa por Carlos V, suscita en otras monarquías inquietud y envidia, sobre todo, de ingleses y franceses.
Señala Linch que, a partir del enfrentamiento entre Carlos V y Francisco I, del que salió vencedor el primero, “el monarca francés permaneció siempre atento a la posibilidad de fortalecer su posición atacando los puntos débiles de su rival”.

Dentro de la estrategia de los monarcas franceses, es comprensible la importancia que tomaron puertos como SAN JUAN DE LUZ, cuyos corsarios jugaron un papel de primera magnitud en esta nueva dinámica.

Ducéré afirma que “San Juan de Luz es la primera villa de Francia, entrando por Guipúzcoa, que los reyes de Francia han cuidado siempre fuertemente, porque los habitantes son belicosos, particularmente sobre el mar.
Sus numerosos corsarios atacan y pillan hasta barcos que vuelven de las Indias.
Enriquecidos por las presas que hicieron en otros tiempos, han adornado la villa de edificios soberbios”.

El fenómeno corsario estaba muy extendido a lo largo de la costa atlántica, pero algunas áreas concretas se convirtieron en las preferidas por quienes habían optado por este estilo de vida.
En particular, la zona de Bretaña era como la patria de los corsarios, quienes encontraban en su accidentada costa el medio adecuado para sus maniobras y fechorías a la vez que para su refugio y reposo.
Los grandes navíos no se atrevían afrontar los peligrosos fondos marinos, que dominaban a la perfección las pequeñas embarcaciones utilizadas por los corsarios.
La topografía era, por tanto, un elemento muy a tener en cuenta para la práctica del corso, o para defenderse del mismo.

BILBAO, a pesar de la barra de Portugalete y de hallarse alejada de las costas, ofrecía un flanco fácil:
“Abierto como un saco”, en expresión de entonces, se halló bloqueado permanentemente por corsarios y enemigos, lo que movió a las autoridades a proteger el acceso:
“En 1532 se edificó una torre de defensa contra corsarios en Portugalete”.
Michel Iriarte opina, sin embargo, que puertos como Bilbao y Bayona eran muy difíciles de abordar, y mantiene la opinión de que los puertos vascos estaban en general bien protegidos, sobre todo los situados en rías como DEBA, BIDASOA, ORIO y ZUMAYA.

Actualmente tenemos la fortuna de disponer del espléndido atlas confeccionado por Texeira, donde se aprecia, como si de una fotografía aérea se tratase, el exacto escenario contemporáneo del fenómeno CORSARIO.

Pero no son menos importantes las notas que este autor nos ofrece al respecto sobre la importancia de la topografía y las medidas adoptadas para fortalecer la lucha contra los enemigos.

En referencia a la costa de Gipuzkoa, comenta que “Desta villa de Fuenterrabía corre la costa al norte. Media legua está el cabo de Yguer, donde dan fondo muchos navíos en 15 y 25 brazas.

Solían de ordinario dar fondo muchos piratas y, para estorbársele aquel abrigo, mandó hacer el católico rey don Felipe Segundo un castillo en el dicho cabo, con que hoy no pueden parar los enemigos como de antes lo hacían”.

Este es el panorama que se divisa en torno al campo de actividades de los corsarios, donde se aprecia un perfecto conocimiento del terreno y, sobre todo, una infinita audacia que les impulsaba a realizar hazañas y fechorías, con frecuencia a la vista de los observadores de la costa, quienes aplaudían las capturas como si de la caza de ballenas se tratara, o lamentaban impotentes los ataques enemigos que sufrían sus pescadores y pinaceros.

La habitual violencia que se vinculaba al mar se aceptaba con fatalismo, como un inevitable resultado del destino.

Con o sin licencia de sus soberanos, abordando a sus victimas sin atender a que llevaran o no salvoconducto, los encuentros en el mar eran frecuentemente incontrolables.

Lo que ocurriera en esas ocasiones difícilmente se llegaba a saber.

En el siglo XVII la reglamentación estaba más o menos definida, pero los casos de anteriores épocas tenían pocas posibilidades de ser conocidos.

Las circunstancias de los encuentros marinos únicamente podemos vislumbrarlas a través de testimonios legados en pleitos o cuando el caso alcanzaba una resonancia social que obligaba a la investigación.

Sólo un bajo porcentaje de quienes sufrieron ataques en el mar sobrevivió a las tropelías sufridas en dichos encuentros. Asimismo, unos pocos afortunados lograron salir con vida tras ser abandonados en islas desiertas tras sufrir algún ataque.

En ocasiones excepcionales, algunos testigos supervivientes conseguían llegar a tierra en barcas desguarnecidas y sin aparejos, o contando con una mísera vela, al amparo de Dios y a merced de los vientos.

No era mejor la suerte de quienes, valorada su pericia en el arte de la navegación, eran obligados a formar parte de la tripulación que les había acosado.

Pero existía una suerte más negra y nefasta, que se evitaba por todos los medios al alcance: caer en manos de los turcos, quienes constituían para los cristianos motivo de auténtico terror.

Ser apresados por los moros conducía a un cautiverio del que sólo se salvaban quienes disponían de dinero o conseguían recabar la ayuda de instituciones humanitarias.

Las cartas de súplicas que los desventurados cautivos podían hacer llegar a sus familias inician un proceso que, en el mejor de los casos, podía durar años antes de la liberación. Cuando el silencio se interpone en las negociaciones, puede tratarse de la señal del fallecimiento del desventurado preso.

Los sucesos que han dejado reflejo en algún tipo de documentación sólo nos muestran una ínfima parte del ingente historial protagonizado por piratas y corsarios o, si se quiere, por los marinos que se han enfrentado con sus enemigos declarados u ocasionales, siendo éstos con harta frecuencia sus propios compatriotas.

De las noticias que leemos en la documentación, es difícil sacar conclusiones válidas y seguras, porque los relatos son, en la mayor parte de las ocasiones, interesados y se prestan fácilmente al equívoco. Otro aspecto que no conviene olvidar es el relativo a lo que, en términos actuales, se define como “daños colaterales”.

La población marinera, los pueblos de la costa, honrados mercaderes, humildes pescadores o viajeros accidentales, dejarán su testimonio si logran sobrevivir al ataque de profesionales de la piratería o del corso, o bien de tripulaciones que deciden probar fortuna en actividades irregulares que, en su mayor parte, pasarán desapercibidas para la historia.

Dentro del escenario en el que se desarrolló el corso caben todos estos elementos. El panorama lo completan no sólo los elementos físicos, las rías, puertos y acantilados, la mar brava y el paso de barcos amenazantes que obligan a buscar la cercanía de la costa.

La comunidades marineras, los sistemas de vida, la defensa de los espacios económicos, conforman igualmente un escenario que nunca permanece fijo, porque los elementos que modelan están en la mano del hombre, en las líneas de sus destinos y apetencias, en los proyectos que los lanzan al mar abierto y en las añoranzas que los devuelven a sus casas, a los puertos que les dan seguridad, a las siluetas de los montes costeros que les aperciben de la cercanía de los suyos.

Esta compleja mezcla de datos fijos y sucesos imprevisibles queda plasmada en los datos, aparentemente irrelevantes, de los protocolos notariales, y en el rico mundo que se vislumbra a través de los múltiples pleitos ocasionados con ocasión de los hechos corsarios.

LA LEY DEL MÁS FUERTE

 

A medida que se aborda la documentación referente al corso, se tiene la impresión de que se trata de un enfrentamiento continuo y que casi no distingue entre enemigos de una u otra procedencia, de uno u otro credo y raza.
Sin duda, los paisanos se respetarían por cercanía, parentesco o sencillamente por miedo a ser reconocidos y proscritos por la comunidad a la que, incluso viviendo en y para el mar, pertenecían y acudían.
Los marinos, al fin y al cabo, necesitan de los puertos y de los de tierra adentro para dar salida a las pesquerías, a las mercancías y hasta a las presas obtenidas en corso.
No obstante, la VIOLENCIA era una constante en este paisaje de intereses compartidos y poco definidos.

Nada raro, por tanto, en lo que le ocurrió a Martín Sánchez de Arbolancha en 1424, cuando, en las costas de Portugal, lo abordaron los genoveses, quienes echaron al mar a toda la tripulación.

Pero los puertos eran un terreno abonado al espionaje, y pocas cosas se podían ocultar por mucho tiempo. El hijo de Arbolancha esperó ocho años en tramar la venganza. Quizá el paso del tiempo hizo sentirse confiado a Luquetio Genovés, que era el capitán de las naves piratas responsables del asesinato. El caso es que el vizcaíno lo mató en las mismas gradas sevillanas de Santa María.

La piratería ha existido siempre y ha afectado a todos los mares, llevándose el grueso de la fama, por considerarlos una nación de piratas, los ingleses. Pero fue éstos precisamente éstos quienes, debido al interés en mantener la calma en un espacio que comercialmente tenían dominado, pretendieron cambiar de táctica y que la comunidad Internacional considerara el corso como una piratería organizada.

No resulta difícil entender que, en el Atlántico. Más que perder el tiempo en culparse unos a otros de lo que ocurría, se tomaban posturas prácticas que permitieran tomar parte en el negocio. No podemos sorprendemos de ciertas iniciativas ni de las razones que se aportan para salir de CORSO.

En 1630, el donostiarra Fernando de Río Muñoz hace relación de robos y daños que había sufrido de navíos corsarios, lo que le faculta para tomar sus propias medidas: “Querían armar por su cuenta algunos vaxeles así redondos como de remo para que salgan en corso por tener práctica en las cosas del mar”.

Pero el donostiarra se escuda en las oportunas reglamentaciones de corso, haciendo alusión a las Ordenanzas de 14/12/1621. y a otras de 12/9/1624, en que se faculta la lucha contra turcos, moros rebeldes de Holanda y Gelanda. Se alude asimismo a las fianzas que se exigen con el fin de no hacer daño impunemente a amigos y aliados, restricción que nos pone de aviso sobre las prácticas que eran comunes en aquel mundo.

El asunto era hacerse con una buena argumentación, o buscar algún resquicio interpretativo que, dada la complicada situación de los pueblos atlánticos, no resultaba difícil.

Veamos la referencia que hace el capitán Pablo Salgado de Araujo, Gobernador residente en Donostia, sobre ciertas actividades corsarias del donostiarra Joan de Arriola, quien salió con un barco de guerra a corso el año 1630 y trajo varias presas.

Una de las presas llevaba “mercaderías enemigas”. pues procedían de Irlanda, país “sujeto al de Inglaterra”. Se trata del barco San Buenaventura, y aunque es época de paz, y el barco sea francés, resulta que la hacienda es irlandesa, lo que ya la convierte en posible y legal botín.

Los episodios rocambolescos se sucedían en aguas tan turbulentas y con legislaciones poco estables y claras.

Gaspar Antonio, soldado en el presidio de FUENTERRABIA, al pedir su parte correspondiente de los beneficios obtenidos por las capturas del San Joseph, fragata de guerra, relata que el encuentro dél que se derivó la ganancia se produjo en las costas rebeldes de Portugal.

Se apropiaron de dos navíos franceses con carga de azúcar y diacitrón, provenientes de Madeira y con Saint Malo y La Rochela como destino, y de otra fragata inglesa que dichos franceses traían a su vez apresada y cuyo cargamento consistía en vinos de Málaga.

Ante semejante situación, el soldado-corsario aventura que la actuación de la dicha fragata inglesa “parece piratería”, pero no cuestiona su propia postura y legalidad en un asunto en el que hicieron negocio de carambola, robando a ladrones.

DESDE LA EDAD MEDIA

 

La temprana presencia de los vascos en el Mediterráneo en la Baja Edad Media es, sobre todo tras los trabajos de Heers, debidamente conocida. Naturalmente, el fenómeno del corso y de la piratería era tan común en el mar interior que difícilmente se podía sustraer a intervenir y participar en aquella dinámica, a riesgo de quedar fuera de los circuitos comerciales.

Estas actividades que mezclan transporte, comercio y corso, incluso piratería, quedan reflejadas por Beatriz Arizaga, quien afirma que “además de ser transportistas y comerciantes, los vizcaínos actúan como piratas, y compaginan perfectamente estas tres actividades, aunque la piratería esté más unida al transportista que al mercader propiamente dicho, encontramos PIRATAS VASCOS EN TODAS PARTES, tanto en el Mediterráneo robando a mercaderes franceses de Provenza, como en el Atlántico, asaltando a los portugueses en Bretaña”.

Jacques Bernard habla de una guerra casi endémica. A lo largo de los siglos XV y XVI, lo que favorecía que la violencia fuera algo consolidado, de modo que los marineros se encontraban constantemente con corsarios y piratas.

La paz y las treguas no evitaban la violencia, aunque la mitigaban. De hecho, la paz no era garantía de seguridad, pues en tiempo de tregua los corsarios se convertían en piratas, ladrones de mar, se emboscaban en puntos estratégicos, de mucho movimiento comercial, y atacaban a quienes venían, debilitados. De los largos viajes.

El CANTÁBRICO sirve de escenario a este tipo de enfrentamientos, según Jules Belasque, desde el siglo XIII.

El conflicto se dilucida sobre todo entre Bayona y Biarritz, por una parte, y Santander, Laredo y Castro Urdiales por otra. Según este autor, vizcaínos, portugueses y guipuzcoanos se arreglaban bien con los franceses.

Donostia y Hondarribia, en concreto, eran más gasconas que castellanas, pues la mayor parte de los establecimientos comerciales estaban dirigidos por miembros o amigos de las principales familias bayonesas.

Fueron Santander, Laredo y Castro quienes se inclinaron por una piratería que es calificada como de una audacia sin 1ímites.

Ferreira Priegue, que ha estudiado el comercio marítimo medieval en el Cantábrico en la Edad Media, constata que era común navegar con la mentalidad y disposición de tener en el mar encuentros con los marineros de fortuna, aunque asegura que el ambiente mediterráneo era mucho más beligerante que el cantábrico:

“Las presas que se hacían durante el viaje, bien yendo armados en corso o tropezándose con enemigos; los hallazgos de pecios y de mercancías flotando en el mar, el rescate de buques abandonados, se regulaba a veces en ciertas escrituras de fletamento, hechas en Galicia por gallegos que imponen sus condiciones, y lo habitual era repartir el tercio; una cláusula asimilada y también típica de nuestra área, donde la solidaridad entre mercaderes y ‘compaña’ es mayor que en el Mediterráneo, es la de constituir un frente común contra eventuales enemigos”.

Por lo visto, el Mediterráneo quedaba significado como campo de batalla, predestinado al enfrentamiento.

Un historiador que ha investigado las evoluciones de la actividad corsaria y la mercantil en la zona de ALICANTE constata esta permanente confrontación, situación que convertía a la población de pescadores y marineros de la costa alicantina en los grupos humanos de mayor índice de riesgo.

Se observa en dicha costa la presencia de tropelías cometidas incluso por corsarios castellanos, lo que no descarta la presencia de GENTE VASCA en estas actividades.

Ha sido Ferrer Mallol quien ha certificado documentalmente la presencia activa, y eficaz, de corsarios vascos en el Mediterráneo, y en concreto, ha relatado las insólitas aventuras del vizcaíno PEDRO de LARRAONDO, mercader reconvertido en corsario probablemente a su pesar.

Constata esta autora que la presencia de mercaderes vascos en Barcelona se retrotrae a 1340, cuando las noticias de Heers la situaban en 1353. Pero esta presencia se remonta más allá en el tiempo en relación a Mallorca, donde ya se detecta la presencia de vascos en 1321.

Afirma Ferrer que con los mercaderes vascos llegaron los corsarios.

Pedro de Larraondo, en concreto, era vecino de Bilbao. Víctima de los catalanes, de atacado pasó a ser agresor, convirtiéndose en el terror de quienes le habían acosado. Éstos no encontraron mejor modo para quitarle de en medio que pactar con los enemigos naturales, los MOROS.

Los mercaderes catalanes armaron una flotilla y consiguieron capturar a Larraondo, que fue entregado a los moros. Éstos también tenían cuentas pendientes con el vizcaíno, pues les había arrebatado alguna presa.

El corso y la piratería, implantados sistemáticamente, se volvían finalmente contra todos los intereses comerciales, mientras que la burguesía mercantil soñaba con la paz, única vía que les proporcionaría la ocasión para desarrollar sus negocios.

Cuando no se conseguía esta seguridad, los mercaderes intentaron defenderse con apoyo de los monarcas, como ocurrió a finales de la Edad Media en Castilla.

Los mercaderes de lana burgaleses, muy interesados en garantizar la seguridad de la ruta hacia el Norte, a donde se destinaban grandes cantidades de sacas de lana, consiguieron que los Reyes Católicos promulgaran en 1492 medios extraordinarios para pacificar este trayecto.

Esto no sólo benefició a los burgaleses, sino que afectó positivamente a los marineros vascos, quienes buscaban garantías para sus viajes, en los que se transportaban lana y hierro y de vuelta se traía ropa y trigo.

Fuente: Vascón

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6 comentarios to “Corsarios e Historia, vascos y vascones”

  1. Información Bitacoras.com…

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  5. TODA ESTA PÁGINA ESTÁ INTEGRAMENTE COPIADA de la web HISTORIA VASCOS y VASCONES en http://galeon.vascon.com
    No todo vale en internet.

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    • jonkepa said

      Y así se dice al final Fuente: http://vascon.galeon.com/corsa.html
      Solo se trata de dar a conocer una parte de la historia y no de atribuirse el mérito de nada, el mérito es para quien hizo el trabajo y por eso se referencia quien lo hizo.
      Lo único que se pretende es dar a conocer una parte de esa historia para que sean muchos más quienes la conozcan. El autorr de este blog nno gana absolutamente nada relatando esto.

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