Enseñanzas Náuticas

Para conocer la mar y todo lo que le rodea

Nuestro gran fracaso: si hubieran embarcado más sentido común…

Posted by jonkepa en septiembre 21, 2013

“Quizás, más allá de este leve infortunio que es la vida, el llamado Dios, albergue algo de compasión por su creación humana, y si de reflexión le quedara algo de tal nombre y de esta improbable idea, algo de fundamento le restara; recordarle sea dicho, que siempre acude a nuestras peticiones con demora…”

 Anónimo Sr. de Vizcaya en un juramento en la aldea marinera de Elantxobe. Siglo XVI.

La Armada Invencible navegando frente a Cornualles. (Nicholas Hilliard)

La Armada Invencible navegando frente a Cornualles. (Nicholas Hilliard)

Parece ser doctrina imputar las adversas circunstancias por las que pasó la expedición de invasión enviada a Inglaterra en el siglo XVI –definida por la Leyenda Negra como la Armada Invencible– a los buenos oficios de la armada inglesa y al probadamente incompetente –por la enorme documentación que así lo acredita–, Sir Francis Drake.

No cabe duda de que poco o nada tuvo que ver la escasa intervención de los marinos ingleses (leer a Kamen o Gibson en sus alusiones a este episodio) pues fue más testimonial que otra cosa su presencia, ya que se redujo a escaramuzas intrascendentes y, de estas, pocos resultados dignos de tal nombre se les puede adjudicar. Bien es cierto que se ha magnificado hasta el extremo las hazañas de aquellos hombres de mar, a los que sin ánimo de restarles el mérito de combatir en condiciones adversas y en manifiesta inferioridad, contra una de las más potentes flotas de combate que haya surcado los mares hasta la segunda Guerra Mundial, no dejaron de hacer un papel digno. Pero la realidad objetiva dice que la Invencible no fue derrotada en una batalla y sí que sufrió una notable erosión permanente en su marcha hacia el Canal de la Mancha.

Otra cosa bien distinta es asumir que una apuesta de tan alto coste diera tan magros resultados a sus inversores y tanto rédito a sus víctimas. Como a cualquier gran potencia que se precie, a lo largo de la historia los celos y envidia han podido ser el sustrato para alimentar el desprecio y la difamación que hemos padecido este reino del sur. Es difícil despojarse de la sensación de derrota que ha acompañado siempre a las pérdidas, severas eso sí, que afectaron a la Armada Invencible y vincularlo a algo que nunca ocurrió; al menos en la forma en que los ingleses han aprendido y eficazmente han difundido, tal que es el hecho de que fue una derrota militar.

Por ello, hay que recuperar para una más higiénica memoria y para echar fuera lastres de complejos, perspectivas que nos pueden acercar a una realidad mas ajustada a lo que ocurrió, ver aquel temerario y audaz episodio no como una derrota si no como un fracaso, del que todavía hoy podemos aprender sin necesidad de flagelarnos.

No es lo mismo vivir diez meses al año viendo como llueve sin parar, que abrir el paraguas las mismas veces para evitarse una tormenta estival. Algunas mentes se vuelven conspicuas y acaban delirando después de tanto “remojo”. Eso es lo que les pasa a los ingleses con su épica militar y su peculiar forma de entender la historia, de la cual podríamos llegar a extraer la conclusión de que, a tenor de la lectura de sus libros sobre esta disciplina, han ganado siempre sin despeinarse y ocasionalmente han tenido algunos traspiés. Pues nada más alejado de la realidad.

En otras ocasiones, hemos escrito sobre los correctivos que infligieron a la Unión Jack los Tovar, Mazarredo, Blas de Lezo, Antonio Gutiérrez, Pedro Mesia de la Cerda, y una innumerable lista de ciudadanos de uniforme.

Una apoteósis bélica

El tratado de Tordesillas acordado entre Portugal y España para dividirse “el mundo existente” de aquel tiempo, levantó ampollas entre las coronas europeas que no veían “tajada” por ningún lado. Más “encendidas” se pusieron las testas coronadas, cuando los dos países ibéricos unieron sus destinos y el monopolio de sus conquistas ya no les cabía dentro de los tirantes.

Hacia agosto del año 1588 la melé bélica había llegado a su apoteósis. El mar estaba sembrado de velas, galeones y fragatas y no había viento para todas ellas. Existía cierto embotellamiento en la zona del Canal de la Mancha. Entre El Havre y Calais la mastodóntica flota se movía con bastante uniformidad y cohesión pero los ingleses con hábil pericia habían conseguido llevarla fuera del alcance de sus costas insulares empujándola hacia el mar del norte y ahuyentado de momento el fantasma de la invasión.

Para abordar este proyecto de incursión con garantías, previamente se construyeron las mejores y más marineras embarcaciones pesadas de la época, que en número de once docenas, se dirigen hacia el norte para invitar a una reflexión a los súbditos de la reina inglesa. Estaban fuertemente artilladas, pero su cadencia de tiro, potencia de fuego y recuperación era muy lenta y la marinería y el mando en general tenía una muy mediocre preparación. Por añadidura, la tropa inglesa tenía un entrenamiento más adecuado para combatir en sus aguas territoriales, además de jugar en casa.

Para entonces, los insulares ya eran consumados protestantes y nosotros estábamos muy obsesionados con la idea de conducirles por el buen camino. Pero para eso, hacen falta elementos de convicción suficientes como para que el supuesto candidato a ser persuadido entienda sin mucha dificultad el mensaje. Y esa era la finalidad de aquella flota.

Dios salve a la reina (católica)

Desde la isla de Wight, situada enfrente de Southampton, era frecuente el hostigamiento a las naves flamencas y castellanas o francesas, según les diera el aire a los piratas locales. Esta situación afectaba profundamente al libre comercio local y por ende, a la exportación de lana de la Mesta. Hasta que la situación llegó a ser insostenible.

La idea que se esgrimía para justificar la invasión de Inglaterra no era otra que la de derrocar a Isabel I y reponer al vapuleado catolicismo local representado por la escocesa María Estuardo. El objetivo era desembarcar en algún lugar del Támesis y asaltar Londres sin más preámbulos, pero el mando natural para liderar aquella expedición, el eficaz y expeditivo Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, había fenecido por tifus en un esbozo de mal augurio.

El duque de Medina Sidonia sustituto del fallecido y el sobrino del rey español Alejandro Farnesio, Duque de Parma, experimentado militar en las lides terrestres, habían sugerido en varias ocasiones demorar la salida al mar de la flota al tiempo que mejorar en ese ínterin el entrenamiento de la marinería que, por decirlo de alguna manera, era notoriamente deficiente. Más Felipe II tenía claro que había de actuar con celeridad antes de que los isleños consolidaran defensas. Por ello, desoyó las sabias recomendaciones de sus generales.

Si quizás se hubiera embarcado más sentido común y menos agua bendita otros resultados se habrían dado.

Luchando contra los elementos

El 30 de julio la Armada Invencible se acercaba a las costas de Flandes para embarcar al experimentado ejército de tierra y llevarlo hacia algún lugar situado en el Condado de Kent. Dos potentes tormentas en pleno golfo de Vizcaya y otra en el tramo de Lisboa hacia mar abierto habían castigado duramente a la flota. Medina Sidonia no era en cualquier caso un marino al uso y sus capacidades en la disciplina de marear eran más bien limitadas como él mismo reconoció con su proverbial honestidad en múltiples ocasiones.

La enconada y a veces heroica defensa que Inglaterra hizo de su insularidad, a través de sus avezados marinos dio al traste con el audaz proyecto de invasión del Marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán. No hubo en ningún momento una batalla naval digna de tal nombre. La erosión continua de las rápidas y bien artilladas fragatas inglesas conjuraron el peligro de una derrota cantada para los isleños.

Hubo un momento de enorme trascendencia que podría haber cambiado el sesgo del enfrentamiento entre las partes. Fue este el lance en el que el vasco Martínez de Recalde, segundo almirante de la flota, propuso al primer almirante, Duque de Medina Sidonia un ataque fulminante a Plymouth, puerto de vital importancia estratégica y en el que estaba literalmente encerrada la flota inglesa. La ventaja dinámica que aportaban los vientos favorables a la flota española y contrarios a los intereses de las velas inglesas podría haber permitido una escabechina de antología, a la par que dejar finiquitado el tema. Al final, el estricto cumplimiento de las órdenes reales de evitar enfrentamientos con los locales priorizando el embarque de los tercios de Requesens, nos haría perder una oportunidad histórica de anular para los restos a aquel incómodo y molesto adversario.

Al final, el rumbo errático de aquella colosal flota bordeando Escocia e Irlanda, entregada al desamparo y orfandad que se aprecia cuando el mar se hace enorme y su hostilidad manifiesta avasalla; las pérdidas materiales incalculables en vidas y navíos más el deterioro de la imagen como potencia, fueron sin duda consecuencia de varios factores, pero lo que es seguro, es que las escaramuzas entabladas entre las partes no dan nombre a una batalla que por su trascendencia deba de pasar a la historia. Ciertamente el cúmulo de diferentes contrariedades sumadas hicieron patente el fracaso de una apuesta que podría haber cambiado el rumbo de la historia.

De un fracaso, una lección

Actualmente, Irlanda mantiene varios cementerios que albergan los restos de aquellos soldados y marinos españoles, cuyas naves, en un número aproximado de cuarenta, encallaron en sus costas del oeste, empujadas por las mareas de septiembre y por vientos de más de cien kilómetros hora y que en ocasiones rozaban el límite de la escala Beaufort. Es justo agradecer a las autoridades celtas su dedicación y atención en el mantenimiento de estos jardines de paz con los que la población local tiene un notable compromiso.

El año 1588 es la delicada frontera que separa los doscientos años anteriores de optimismo ante los éxitos de Castilla por tierra y mar. Todavía, dos siglos después, España, forjada en el laborioso combatir de agotadoras guerras y antes de que desapareciera en la tramoya de los siglos, continuaría manteniendo no sin ciertas dificultades, la hegemonía y de paso, el control de sus conquistas. De este punto de inflexión cabe destacar la enorme producción y creatividad que se experimenta en la construcción de nuevas fragatas y galeones, naves que causaron la admiración de propios y extraños.

De La Armada Invencible, queda decir que la matemática demuestra que en toda apuesta hay un índice de riesgo e incertidumbre imponderable. Son tantas las variables a analizar que escapan a los análisis más sesudos. A veces, hay que aceptar que aún intentando hacerlo lo mejor posible se puede cosechar el peor de los resultados. Todo es provisional e incierto.

Se intentó, que era lo importante. La planificación y la conducción fueron razonables aunque no óptimas. De aquella experiencia se puede concluir que estábamos y estamos preparados para grandes empresas y que el único sentido de la marcha es ir hacia delante y dejarnos de zarandajas de parvulario.

In memoriam.

Álvaro Van den Brule en El Confidencial

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