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La carnicería final (hundimiento del Castillo de Olite)

Posted by jonkepa en marzo 8, 2014

Se cumplen 75 años del hundimiento frente a Cartagena del ‘Castillo Olite’, un buque de transporte donde perecieron 1.476 soldados del ejército de Franco de una sola tacada.

Homenaje que se celebró tres años después de la tragedia, frente a uno de los palos que seguía a flote. / R. C

Homenaje que se celebró tres años después de la tragedia, frente a uno de los palos que seguía a flote. / R. C

Creían que les llevaban a celebrar el Desfile de la Victoria por las calles de Cartagena y perecieron ahogados en 20 metros de agua, hacinados como ratas en los silos del ‘Castillo Olite’. De los 2.112 hombres que viajaban a bordo del mercante, murieron 1.476, otros 342 resultaron heridos y el resto, 294, fueron hechos prisioneros por los republicanos. La mayor matanza de toda la Guerra Civil española, de la que hoy se cumplen 75 años, ocurrió apenas a 25 días del fin de la contienda, fruto de un cúmulo de errores, equívocos y falsedades. Según contaron los supervivientes de un desastre sobre el que la memoria franquista echó tierra, hubo tiros en las bodegas por hacerse un hueco y escaparse por las troneras hacia la vida. Este es el relato de un despropósito, de una carambola que terminó en carnicería.

El ‘Castillo Olite’ era un mercante de 110 metros de eslora construido en 1921 en los astilleros Rotterdam Droog, de Holanda. Comprado por la URSS en 1936 y bautizado como ‘Potishev’, fue capturado por un crucero auxiliar franquista en el Estrecho con una carga de carbón para la República. Fue requisado en mayo de 1938 y artillado con un cañón Vickers 120 y un Nordenfeldt 57.

Marzo de 1939. La Guerra Civil da sus últimas boqueadas. Ambos bandos saben ya cuál será el resultado inevitable de la contienda. A los 994 soldados del II y III Batallón de Infantería del Regimiento Zamora nº 29, gallegos veteranos curtidos en multitud de combates que desde La Coruña les han llevado a Levante, los agasajan con una corrida de toros en Villarreal. Hay bandas de gaiteros y corren las botellas de coñac. Tras el festejo reciben la orden de embarcarse en Castellón rumbo a Cartagena, integrados en un grupo naval de una treintena de unidades y más de 20.000 hombres, para ocupar la histórica localidad mediterránea. «Según radio macuto creen que les llevan a desfilar a una ciudad en poder de sus tropas, y en lo que es ya el final de la guerra», explica el capitán de navío en la reserva Luis Mollá Ayuso, autor de la obra ‘Perdidos en la memoria’ (Ed. JM), que relata al detalle los acontecimientos.

A las unidades de Infantería se suman en el buque un Grupo de Artillería con doce piezas y su munición, los 143 integrantes de un Grupo Jurídico al mando del coronel auditor Antonio Martín de la Escalera (se entiende que destinado a aplicar la justicia de los vencedores en la ciudad derrotada), 44 miembros de la Falange Naval, los 283 soldados y mandos de la Plana Mayor del 11 Regimiento de la División 83, una sección de transmisiones, oficiales… En el rol del ‘Castillo Olite’ se inscriben 2.112 personas. El ambiente es festivo.

La flota se hace a la mar según recibe su cargamento de hombres y pertrechos. El ‘Castillo Olite’, un barco lento, muy lento, que apenas hace 10 nudos, es el último del primer grupo del convoy. Queda rezagado enseguida y pierde contacto con los demás buques. Por si fuera poco, navega sin radio, averiada. Su comandante, el alférez de navío Lazaga, recibe un sobre cerrado. No debe entrar a Cartagena hasta recibir nuevas órdenes.

En las 29 horas que permanece en la mar, en Cartagena se suceden los acontecimientos. El presidente Negrín había dejado el gobierno en manos de los comunistas. El coronel Francisco Galán, militante del PCE, toma entonces el control de la ciudad. En las calles se produce una revuelta y Galán es detenido. Pero, consciente de la importancia del enclave, donde se encontraba refugiada la aún pujante flota republicana, Madrid envía a la curtida Brigada Mixta 206 a la reconquista del puerto cartagenero. A su mando, el mayor de milicias Artemio Precioso que, cosas de la vida, acabaría muchos años después como presidente de Greenpeace.

El aviso del hidroavión

El ‘Castillo Olite’ sigue su lenta aproximación al avispero de Cartagena, ajeno a los cambios de bando que se producen en la ciudad. Las tropas de Precioso, que cuentan con tanques y están informadas de la llegada del convoy nacional, van ocupando los posibles puntos donde puede atracar la flota: Palos, la bahía de Portmán… Los milicianos al mando del capitán Guirao, un militar profesional, se hacen también con la batería costera de La Parajola, cuatro piezas reducidas a estas alturas a un cañón Vickers 152,4/50, capaz de disparar proyectiles de 45,3 kilos a 32 kilómetros de distancia. Las tropas leales a la República no logran ocupar el otro brazo de ese croissant gigante que es la bahía cartagenera y la batería de Los Aguilones queda en manos de los franquistas.

Para su desgracia, la bandera nacional que flamean los soldados en Los Aguilones es lo primero que ven los vigías del ‘Castillo Olite’. «¡Cartagena ha caído!», exclama el alférez de navío Rodríguez Lazaga, un empleo similar al de teniente en el Ejército de Tierra. Decide entrar a puerto pese a las reticencias de algunos oficiales superiores a los que transporta. Los demás barcos de la llamada ‘Operación sobre Cartagena’ han abandonado la misión. En ese momento, un hidroavión ‘Heinkel 60’ despega y se dirige al transporte. Alabea, mueve las alas, para advertirles del peligro. Pero nadie entiende el mensaje. A bordo, los soldados cantan el ‘Montañas nevadas’.

Mientras, en la batería de La Parajola se está produciendo uno de esos enfrentamientos a garrotazos con que Goya resumió el alma española. «Todos sabían que la guerra casi había acabado. Nadie quería hacer más muertos», resume el capitán de navío Mollá. ¿Todos? No. El jefe de la batería, Antonio Martínez Pallarés, con el ‘Castillo Olite’ a tiro, dilata el momento del disparo pese a la insistencia del capitán Cristóbal Guirao. El buque pasa de largo. Pero uno de los oficiales de artillería, José Virgili, observa desde la cubierta que en Capitanía ondea la bandera republicana. Una pequeña pieza costera dispara contra el navío. El mercante retrocede y vuelve a ponerse a tiro de La Parajola. Esta vez, el capitán Guirao apunta con su pistola a la cabeza de Pallarés y le conmina a disparar el cañón con esta frase: «Capitán, los honores son suyos, pero la responsabilidad es mía. Si no dispara usted, disparo yo», recordaría años después el telemetrista Montegrifo.

El único cañón ‘quince veinticuatro’ en condiciones de disparar apunta al blanco. El sistema de puntería automático está averiado, así que los artilleros calculan a ojo. La fatalidad quiere que el segundo disparo acierte en la bodega número 3, justo delante del puente, en el alojamiento de la munición artillera. «El ‘Castillo Olite’ recibió el impacto por el costado de babor y, tras reventar por dentro, apenas navegó medio centenar de metros antes de hundirse», apunta Mollá, autor de la web ‘el sextante del comandante’.

A tiros por la vida

A bordo se viven escenas dantescas. Los militares, que viajaban en las cinco bodegas a las que solo se puede acceder por angostas escotillas, luchan y hasta disparan contra sus rivales para ganarse el paso a cubierta. El barco se hunde. Cientos se ahogan dentro. Los hombres se arrojan al agua; algunos son despedazados por las hélices, aún en marcha. La mayoría de los soldados, gallegos, no sabe nadar. Algunos tienen la fortuna de agarrarse a los sacos de harina y a los haces de madera que transportaba el mercante antes de estibar el cargamento humano. El capitán Virgili salva su vida gracias al cinturón (que no usaba de continuo, ya que era grueso y le molestaba) con el que se aferró a un madero…

«Ya empiezan a verse cadáveres, víctimas unos de la metralla enemiga y otros pisoteados por sus propios compañeros… Nunca había visto ahogarse a alguien y ahora que veo casos por docenas me fijo en que parece como si les tirasen por los pies hacia el fondo, pero nada puedo hacer por ellos», escribirá años después el soldado Enrique García Casal, uno de los supervivientes.

El buque fue anegándose hasta posarse en el fondo de limo, a 20 metros. Sus dos palos seguían a flote y allí se repitió la lucha por la vida. Los pescadores de Escombreras, a quienes se prohibió socorrer a los náufragos, hacen caso omiso de la orden, botan sus lanchas y recogen náufragos y cadáveres. Algunos soldados logran llegar a nado o en balsas de fortuna hasta la isla. Desde las peñas se dispara con fusiles contra los supervivientes.

«Fue el minuto más luctuoso de la Guerra Civil», resume Mollá. A los muertos los sepultan en el antiguo cementerio abandonado. Los heridos son llevados por los republicanos a un hospital de Murcia, un buen centro, donde eran atendidos los miembros de las Brigadas Internacionales. El resto son confinados en Fuenteálamo, en casas vigiladas por milicianos que, con los días, abandonan la tarea. El comandante López Cantí decide marchar sobre Cartagena con 300 hombres… la conquista y se convierte en su alcalde.

Veinticinco días después de ese martes luctuoso acaba la guerra. El día 1 de abril se organiza un Desfile de la Victoria en la Cartagena ocupada. Decenas de ataúdes comparten honores con las tropas vencedoras. Como escribió Fernando Fernán Gómez, ese día llegó la victoria, pero no la paz.

Julián Méndez en Las Provincias

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2 comentarios to “La carnicería final (hundimiento del Castillo de Olite)”

  1. Harmodio said

    Comentario realmente increíble, con ribetes de ciencia-ficción, sobre todo cuando se narra que”a bordo, los soldados cantan el ‘Montañas nevadas’”. Esta gente se adelantó varios años al futuro: el barco se hundió en marzo de 1939, pero los marineros ya cantaban una canción que se compondría en 1945. Parapsicología pura.

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    • jonkepa said

      He repasado un par de veces el artículo y no he visto en ningún lugar que se diga que los soldados interpretaban la canción “Montañas Nevadas”, canción símbolo del frente de jueventudes de Falange y que data, según tengo entendido, de 1.942 y cuya letra es de J. Villanueva y la música de A. Cabañas.

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