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De piratas a pescadores, ida y vuelta en Somalia

Posted by jonkepa en febrero 19, 2015

Militares del buque 'Patiño' apresan a los piratas somalíes. MINISTERIO DE DEFENSA

Militares del buque ‘Patiño’ apresan a los piratas somalíes. MINISTERIO DE DEFENSA

El capitán Enrique Cubeiro se encontraba en la ducha cuando en la madrugada de aquel 12 de enero de 2012 sonó el zafarrancho de combate en todo el barco. Vistiéndose con la celeridad que le han enseñado sus 30 años de servicio militar, salió a dar instrucciones a los marineros que aún desayunaban en los comedores. Fue un ataque atípico e inesperado. Con el buen tiempo, la actividad pirata se eleva, pero ese día, a las siete de la mañana, las olas eran grandes y furiosas.

Aquella extraña mañana, los piratas confundieron, probablemente, el Patiño con un barco mercante. Atacaron, sin pretenderlo, una nave de la Armada española. Este buque de aprovisionamiento de combate es un barco que no está pensado para el ataque, pero sí para el auxilio. Su tripulación, por tanto, estaba formada por militares profesionales. La nave española había salido el 21 de noviembre de 2011 de Ferrol para sumar sus fuerzas a la Operación Atalanta, un dispositivo antipiratería puesto en marcha por la Unión Europea en 2008 para acabar con los ataques en el Índico.

En plena noche, un esquife pirata con seis o siete somalíes a bordo se pegó al costado del Patiño. Con escalas al hombro y cargados con fusiles de asalto iniciaron el abordaje. Fue el cabo de infantería el que los vio y dio la voz de alarma. Al momento de dar el aviso, los somalíes sacaron sus fusiles AK-47 y comenzaron a disparar. El arrojo militar llevó al cabo a coger su rifle reglamentario y empezar a repeler al ataque, poco antes de que el resto de los militares acudiera en su ayuda y pusiera en huida a los atacantes, que ahora estaban siendo atacados. Ahí empezó una persecución digna del mejor guión de Hollywood que se prolongó hasta las tres de la tarde.

El dramatismo y la puesta en escena que supone un abordaje pirata también ha seducido a la meca del cine. La película Capitán Philips consigue retratar con gran precisión el abordaje de un barco pirata: el esquife pegado al buque, la violencia de los piratas, la sensación de que el tiempo se dilata y las horas que comienzan a parecer días en la mente del que lo intenta repeler… Sin embargo, poco tiene que ver el heroico Phillips (encarnado por Tom Hanks) con el sosegado y lúcido capitán Cubeiro. Su historia tampoco tiene el mismo final. En el caso del Patiño, los seis piratas fueron capturados vivos y arrestados.

La estrategia de los piratas

Una vez se supieron perdidos, los piratas tiraron al mar varios lanzagranadas, fusiles, algunas bolsas y escalas. Un equipamiento que poco tiene que ver con los esqueléticos equipos de los pesqueros somalíes. Tras un nuevo intercambio de disparos, finalmente fueron apresados y encarcelados en los calabozos del Patiño. Los piratas declararon en el juicio que había un séptimo pasajero que se cayó, según su versión, por la borda, pero del que nadie ajeno a los piratas tuvo constancia. Una estrategia que los presos suelen utilizar para librarse de la responsabilidad, alegando que el muerto es el jefe.

Pescador somalí. /JORDI BERNABEU (CC-BY FLICKR)

Pescador somalí. /JORDI BERNABEU (CC-BY FLICKR)

Cuando esos seis hombres escuálidos subieron al Patiño, los marineros se apresuraron a seguir el protocolo que tantas veces habían practicado en los simulacros. Se les lavó, se les dio ropa y se les sometió a un interrogatorio básico antes de encerrarlos en prisión. Entonces, el equipo dividió sus fuerzas. Unos se dedicaron a recoger las pruebas del ataque, mientras el equipo médico, dirigido por el comandante médico Juan Carlos Aguilar y el capitán enfermero Baldomero Pena les esperaba para examinarlos y evaluar las heridas. Aquella misma tarde, tres de ellos entraron en quirófano: uno con una bala en el tobillo, otro con herida en la cabeza (sin afectar a los huesos) y otro más con una lesión en la pantorrilla.

“Son gente que tiene familia y hablar con ella era su principal preocupación”, comenta Cubeiro sobre las primeras horas de los piratas en el barco. Aunque el estricto protocolo exige tener sólo la relación necesaria entre los presos y los militares, las visitas a la enfermería hicieron que los piratas acabaran agradecidos al equipo médico. “Yo no podía olvidar que eran piratas, que han torturado y han matado”, explica Cubeiro tras una profunda reflexión sobre la disyuntiva entre la pobreza somalí y la piratería.

Un país pobre e infernal

El capitán del Patiño tiene un sexto sentido para tratar con las personas. Por eso, una de las primeras cosas que hizo al encarcelar a los piratas fue separar al supuesto jefe del resto. “Todos se miran con miedo, no habla ninguno hasta que habla él”, argumenta. Pesar un poco más que los demás, ser el más viejo o mantener una actitud más chulesca y agresiva son otras de las características para detectar al líder de un grupo.

“Trabajar con Somalia es imposible”, afirma Teresa Sandoval, la fiscal de la Audiencia Nacional que llevó el caso en España. Pese a que la Unión Europea tenía un acuerdo con Kenia (por el que le pagaban) para poder juzgar allí a los piratas somalíes, las instituciones se vieron desbordadas y dejaron de aceptar casos. Por ello, decidieron llevar a los piratas a España.

Si el infierno se reservase un rincón en la tierra, seguramente elegiría Somalia. Este país musulmán se disputa los primeros puestos de algunos de los rankings más macabros del mundo, como el de la pobreza, con una renta anual de apenas 600 dólares, o el del país del mundo con más enfermedades mentales, derivadas de los traumas de vivir en un estado constante de guerra.

Todo en Somalia es incierto. A la inseguridad no escapan ni índices tan palpables y tangibles como los propios datos. La falta de censos y estadísticas oficiales hace que la cifra de 9,3 millones de población total sea sólo una estimación. Pero si hay algo realmente vacilante en Somalia es la propia supervivencia. Su esperanza de vida es de 51 años, lo que quiere decir que en este paupérrimo país casi nadie llega a viejo, aunque pasados los 30 años muchos tengan ya aspecto de ancianos.

Desde que en 1990 los rebeldes derrocasen a la dictadura militar de Siad Barre, tras 22 años en el poder, Somalia se ha convertido en un puzzle cuyas piezas resultan difíciles de encajar. Se considera oficialmente que es un país fallido. Somalilandia, la región del Norte más próspera y estable del país, se declaró independiente en 1991. El Sur es más peligroso y las pequeñas aldeas suelen estar gobernadas por señores de la guerra o algún cacique de los clanes locales más fuertes. Las milicias islamistas de Al Shabab se han hecho un hueco en el caos y luchan contra el Ejército nacional (apoyado por los organismos internacionales) por el control del Sur y del centro.

Pese a los avances políticos, la ayuda humanitaria, sigue siendo una fuente de ingresos principal. Alcanza entre el 30% y el 46% del total del PIB dependiendo de la zona, según las estadísticas del Ministerio de Exteriores español. Por tanto, no es de extrañar que la piratería se convirtiera rápidamente en una actividad alternativa en un país donde la ganadería es otro de los sectores claves.

¿Héroes o delincuentes?

Check point en Mogadishu. /JOHN MARTÍNEZ (CC BY FLICKR)

Check point en Mogadishu. /JOHN MARTÍNEZ (CC BY FLICKR)

En Somalia, ningún niño puede soñar con qué quiere ser de mayor. No hay muchas alternativas. Mientras que en zonas estables como Mogadiscio los piratas son mirados con recelo, en las aldeas más pobres son recibidos como auténticas celebrities. Cargados con el dinero de parte de los secuestros, invitan a comer en el pueblo, compran en los comercios locales y reactivan la economía de la zona. Conducen coches caros y visten la ropa de marca que no pueden costearse honradamente los pescadores y ganaderos. Los más jóvenes admiran a los piratas con el mismo sentimiento que los europeos adoptan con las estrellas de rock o con los grandes jugadores de fútbol.

Socialmente, la figura del pirata aún mantiene cierto romanticismo. Los abordajes como defensa a un expolio de los recursos naturales de Somalia por parte de los extranjeros es un argumento recurrente. Una vez capturados, suelen afirmar que los barcos europeos pescan ilegalmente en sus costas, como tantas veces ha denunciado la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), o manchan sus caladeros con residuos tóxicos. Pese a la enorme cantidad de pesca disponible en el litoral de Somalia, su población se muere de hambre. “No hay cultura de comer pescado, no cuentan con neveras para poder conservarlo y distribuirlo en un país tan caluroso como Somalia”, argumenta Eduardo S. Molano, el corresponsal del diario ABC para el África subsahariana.

En torno al año 2006, estos grupos de “pescadores cabreados” se convirtieron en criminales organizados. Al comprobar que los rescates por los secuestros se iban pagando generosamente, la piratería se convirtió en una actividad profesional. El culmen del negocio llegó en 2009 con la creación de la llamada Bolsa de Harardhere. Como si se tratara de un parqué bursátil de cualquier país occidental, los señores de la guerra más ricos se acercaban para invertir en un asalto pirata. Podían contribuir con dinero o con armas y, tras el cobro del rescate, se llevaban su parte proporcional. “El desembolso medio suele ser de 50.000 dólares y se espera un retorno de 20 veces más”, comenta Fernando Ibáñez, experto en piratería. Este jugoso negocio, divide la estructura de estas particulares empresas en dos perfiles: el del empresario y el del pirata de base.

“Se trata de jóvenes desempleados con muy bajo grado de educación y sin perspectivas de mejora social o económica. Generalmente proceden de comunidades costeras o cercanas a la costa”, apunta el embajador español en Nairobi, José Javier Nagore, que lleva también los asuntos de Somalia. Los grandes inversores, en cambio, esperan en tierra a que se cobre el rescate y suelen tener otros negocios ilegales.

En esta jerarquía pirata hay un tercer perfil, el del negociador. “Son personas de la diáspora que han estado fuera de Somalia en países occidentales y que vuelven a negociar los rescates”, afirma Ibáñez. El papel de la diáspora es uno de los grandes enigmas por resolver de la piratería. Unos los colocan como vehículo, otros como inversores. “Ahora se está investigando de dónde viene el dinero. Tiene que pasar por Europa. Hay una colaboración internacional y las células ejecutoras deben quedarse con una ínfima parte”, comenta Teresa Sandoval, la fiscal que llevó el caso del Patiño ante la Audiencia Nacional.

Juicios en España

Es la primera vez que se condena a unos asaltantes somalíes por piratería, un delito que se reinsertó en el Código Penal español en 2010. Sin embargo, hubo un fuerte precedente mediático en juicio de piratas somalíes en España, el caso Alakrana. Este atunero vasco permaneció 47 días secuestrado en aguas somalíes. Finalmente, el rescate se pagó, pero detuvieron y condenaron a dos de los piratas. El tribunal los sentenció a dos años de prisión por un delito de asociación ilícita, a 396 años por 36 delitos de detención ilegal, a cinco años por robo con violencia y a 36 años por otros tantos delitos contra la integridad moral. Una pila de crímenes que podría resumirse en uno: piratería.

“Venían con un discurso preparado”, afirma Jesús Alonso, fiscal que investigó la causa. En el caso del Patiño alegaron ser pescadores, mientras que en el Alakrana afirmaron ser ellos los secuestrados. “Tenían otra serie de barcos donde estaban detenidos otras personas, establecían sistemas de vigilancia y control… manifestaban la existencia de una estructura organizada”, afirma.

Al igual que los piratas del Alakrana, los presos del Patiño han aprendido con facilidad español, son poco conflictivos y participan en las actividades en las cárceles. El primer día de juicio, los seis piratas del Patiño aparecieron visiblemente mejorados, con algunos kilos de más y vestidos a la moda europea con americanas, chaquetas e incluso uno apareció con una sudadera de la Federación Española de Fútbol.

De los seis piratas del buque Patiño, sólo uno fue condenado por pertenencia a banda armada. Cuando los investigadores cotejaron las muestras de ADN con las bases internacionales, las muestras de Hamoud Elfaf Mahou coincidían con el anónimo recogido en otro escenario de delito: el del buque alemán secuestrado Hansa Stavanger. Lo que significaba una implicación profesional y organizada en la actividad pirata. Por tanto, Mahou tuvo que sumar cuatro años y seis meses más de prisión por un delito de integración y pertenencia a organización criminal, a los ocho años con los que ya cargaban anteriormente sus compañeros por piratería en grado de tentativa y por tenencia de armas.

El ocaso del negocio

La historia de los piratas del Patiño es también la de muchos otros que fueron arrestados en las costas de Somalia por abordajes parecidos. Operaciones como Atalanta han conseguido que la piratería se desplome, simplemente, porque ha dejado de ser rentable.

“Muchos de los piratas ya han abandonado”, comenta Ibañez. Durante el año 2013 sólo hubo nueve asaltos y la tendencia ha continuado en 2014. Unas cifras muy alejadas de 2008, cuando se produjeron 111 incidentes. Este descenso también se ha logrado gracias a la colaboración del Gobierno de Sheikh Hassan Mohamud, que ha ofrecido una amnistía a los piratas jóvenes que dejen de operar. Con una excepción: no podrán solicitarla los grandes hombres de negocios.

Arropado por los flashes de las cámaras, el famoso pirata Mohamed Abdi Hassan, Afweyne, anunciaba su retirada del sector ante los medios locales el pasado enero de 2013. El temido bucanero, que fundó en 2003 uno de los grupos piratas más peligrosos (los Somali Marines), se retiraba con ínfulas de futbolista y sin ningún reproche entre los allí presentes. Compareció ante los periodistas con una barba bien perfilada, unas gafas de diseño y elegantemente trajeado, con una imagen que recordaba más a un político que a un pirata.

Ahora que ya no se gana dinero en la piratería y que la Bolsa ya no sube hasta las cifras astronómicas de los rescates, parece que los hombres de negocios buscarán otras actividades, legales o no, que les permitan seguir manteniendo sus fortunas. Los piratas de base volverán al mismo sitio de donde salieron: la pesca y el mar.

Sara Montero en Info libre

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Una respuesta to “De piratas a pescadores, ida y vuelta en Somalia”

  1. Información Bitacoras.com

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