Enseñanzas Náuticas

Para conocer la mar y todo lo que le rodea

Si me duele la rodilla, mañana tormenta

Posted by jonkepa en julio 18, 2015

Tormenta en la mar. Desde http://www.yachtcenter.com.ve

Tormenta en la mar. Desde http://www.yachtcenter.com.ve

Javier nunca imaginó que aquella otitis mal curada le cambiaría la vida. Siempre le habían afectado los cambios de tiempo, pero desde entonces, y de aquello hace ya doce años, las borrascas que llegan del Norte le ponen casi al borde de la muerte. Primero siente cómo se le hincha el cuerpo, las piernas, el estómago, la papada… Luego comienza a dolerle la cabeza y surgen los mareos, hasta dejarle en un estado muy parecido al de una buena borrachera; a partir de ahí llegan los problemas de visión y la pérdida de perspectiva, incluso de memoria.

Como cualquier otra persona con un cuadro semejante, cada vez que le ocurría, Javier López de Castro (San Sebastián, 1966) acudía al hospital, donde después de pasar unos días en observación le aseguraban que estaba como un roble.

Doce años y 30.000 analíticas después, no solo se ha acostumbrado a vivir con unos síntomas que al principio llegaron a producirle ataques de pánico, sino que ha sido capaz de encontrar una explicación a lo que le sucede. No está curado, pero sí más tranquilo. Y es que, en vista de que los médicos no daban con su mal, un buen día comenzó a tomar nota de sus sensaciones. Fue así como se percató de que en verano se encontraba mucho mejor que en invierno; de que a cada a una de esas crisis le seguía un tiempo de perros y de que unos días en Canarias le hacían perder hasta tres tallas de pantalón. Vamos, que siempre que se sentía morir terminaba llegando un temporal.

“Imagino que será difícil de creer, pero le aseguro que en unos días se pondrá a llover. Está formándose un frente por el norte de Rusia y en nada llegará. Se lo digo porque ya están aquí los síntomas. Todo lo que viene de Siberia me mata”. La conversación la mantuvimos el martes de la semana pasada, el miércoles hizo un calor horrible en San Sebastián, el sábado comenzó a bajar la temperatura y el domingo llovió en todo el Cantábrico.

Javier no solo ha visitado todos los hospitales y especialistas a su alcance, también ha ido al psiquiatra, cansado de que le dejaran entrever un problema psicológico. “Tardaron, pero terminaron dándose cuenta de que era una tontería. Tengo un trabajo que me gusta, pero si fuera necesario hasta podría vivir sin trabajar; estoy casado y tengo una pareja estupenda… En fin, nada más lejos de un cuadro de estrés o depresión”. Así hasta que oyó hablar de un médico de Zaragoza que había estudiado la relación entre la meteorología y los seres humanos. Ese día, hace solo unas semanas, logró por fin un diagnóstico: después de todo, lo único que le ocurre a Javier es que es meteorosensible.

Y no solo él. Uno de cada tres humanos lo son. Tal vez no hasta el extremo de Javier, capaz de predecir algo que ocurre a tres mil kilómetros de distancia y sufrir las consecuencias, pero sí lo suficiente para sentir que nuestro cuerpo, nuestros huesos, nuestros pulmones o nuestra cabeza responden de diferente forma porque entra un frente frío, sube o baja el nivel de oxígeno o sopla uno u otro viento. En fin, que usted mismo o alguno de sus conocidos puede asegurar, casi con precisión científica, que el tiempo está a punto de cambiar, simplemente, porque se le despierta una migraña.

La abuela Bárbara

Es probable que tuviera otro nombre, pero la biometeorología médica, la ciencia que estudia la relación entre los cambios meteorológicos y la salud y el estado de ánimo, es tan vieja como el ser humano. Todos, los egipcios, los griegos, los romanos… dedicaron parte de su tiempo a tratar de entender la razón por la que la niebla y las tormentas nos hacen sentir mal o los frentes cálidos y secos estimulan nuestro sistema parasimpático y nos vuelven más agresivos, más irritables, incluso nos inducen al suicidio. En España hubo que esperar hasta los años ochenta para que algunos especialistas como el neurólogo Javier López del Val -responsable, entre otros muchos, del diagnóstico de López de Castro- se tomaran en serio el asunto.

Al doctor López del Val el interés por las meteoropatologías se le despertó cuando aún era un chaval que estudiaba Bachiller. Cuenta que el recuerdo de su abuela Bárbara anunciando la llegada de lluvia cada vez que sentía dolor en el codo, y de él bromeando con lo que consideraba cosas de ‘gente de pueblo’, le persiguió hasta su primer año de residencia, ya acabada la carrera de Medicina. “En el hospital comenzamos a darnos cuenta de que, sin ninguna razón aparente, había días en que atendíamos a diez o doce pacientes y días en los que no llegaba ninguno. Entonces decidimos apuntar todos los datos relativos a la jornada en que se producían más accidentes vasculares y del anterior, y los cruzamos con los de la máxima y la mínima presión atmosférica, temperatura y humedad, que nos proporcionaba el Servicio Meteorológico Provincial de Zaragoza. Enseguida encontramos una correlación entre cambios atmosféricos y una mayor incidencia de accidentes cerebrovasculares (ictus)”. De aquel experimento surgiría poco después su tesis doctoral, que tuvo como germen aquel barrunto de su meteorosensible abuela y una vida dedicada, en buena parte, a seguir analizando todo eso que nos ocurre cuando bailan las isobaras.

Pero, ¿cómo puede influirnos tanto? El doctor López del Val tiene su propia teoría: en el aire hay iones positivos y negativos que se desplazan incluso más rápido que la velocidad de la luz y penetran en nuestro cuerpo queramos o no; el problema es que hay personas más sensibles a los iones positivos, que son los malos. “A unos les duele la cabeza, a otros las cicatrices, los huesos… pero no todos somos meteorosensibles. Solo un tercio de la población lo es. Yo, por ejemplo, soy como un ladrillo”.

Sea cual sea la razón, lo cierto es que nadie duda de que el tiempo nos afecta, y mucho. Tanto como para conseguir que altere la productividad de toda una nación. Según Leonardo Serio, un climatólogo argentino que lleva décadas enfrascado en el asunto, por cada grado centígrado por encima de la media a la que estamos acostumbrados, los países llegan a perder nada menos que el 1,1% de su capacidad de producción.

Crisis de nueve días

Pedro García (Badajoz, 1973) comenzó a notar que los cambios de tiempo afectaban a su rendimiento un poco a lo tonto. Pero 25 años dedicado al deporte -los 15 últimos como preparador físico- y una afición incontrolable a apuntarlo todo han alumbrado una tesis sobre meteoropatía. “Yo soy muy metódico y lo anoto todo. Año tras año, había nueve días en los que no me encontraba bien en la transición del invierno a la primavera, sobre finales de febrero, y del verano al otoño. Mi resistencia, los latidos del corazón, la respuesta de mi cuerpo a los ejercicios de fuerza… Cada vez prestaba más atención a esos síntomas e, irremediablemente, al llegar una nueva estación se repetían. Y siempre con más intensidad. Enseguida me di cuenta de que me afectaban los cambios atmosféricos y que los síntomas duraban nueve días, ni más ni menos”.

Exciclista profesional, Pedro, que en la actualidad entrena tanto a deportistas de élite como a amas de casa y hombres de negocios, fue los ojos de un corredor ciego en las paraolimpiadas de Barcelona y Atlanta. Así que comprobados los efectos meteorológicos sobre él mismo, empezó a registrar las transformaciones en sus pupilos. Pronto comprobó que, quien más quien menos, se veía afectado. “Ese hombre de negocios que baja el rendimiento y piensas que está estresado porque tiene que atender los pagos de IVA; el ama de casa que está más alterada porque los niños se encuentran de vacaciones… Pero enseguida te percatas de que hay algo más: los cambios atmosféricos. Queramos o no queramos somos plantitas de la naturaleza y nos influyen mucho. Lo importante es conocernos”.

Lo cierto es que hay estudios que corroboran la teoría de Pedro. Uno de ellos, publicado por la prestigiosa revista ‘Nature’, relaciona el tiempo con los conflictos y llega a asegurar que el 21% de las guerras civiles que han estallado desde 1950 tienen mucho que ver con ‘El Niño’, ese fenómeno climático culpable del calentamiento de buena parte del Pacífico. Resulta que los numerosos líos surgidos en El Salvador, el Congo o Filipinas de un tiempo a esta parte están relacionados con el calor; aunque también hay quien opina que la culpable es la sequía, que arruina las cosechas y que, en definitiva, deja a la gente sin algo que poder llevarse a la boca.

Pero lo que nadie discute, porque hay decenas de teorías como la elaborada por el doctor López del Val, es que el 80% de las enfermedades cardiovasculares afloran cuando hay fuertes variaciones de la presión atmosférica; que los infartos son más frecuentes cuando está a punto de acabar el otoño, que es precisamente cuando la presión atmosférica baja y la humedad es inferior al 60%, y que la lluvia genera ansiedad y provoca dolores reumáticos y asma.

Uno de los que lo saben de primera mano es Pablo Fernández de Arróyabe, profesor de la Universidad de Cantabria, responsable del Geobiomet (Grupo de Biometeorología) y, entre otras muchas cosas, presidente electo de la Sociedad Internacional de Biometeorología.

Fernández de Arróyabe y su equipo han desarrollado el ‘App OxyAlert’, una aplicación de móvil gratuita para Android que recoge datos meteorológicos de todo el planeta y calcula los cambios en el nivel de oxígeno de la atmósfera del lugar en el que te encuentras. Se trata de un sistema que tiene como objetivo minimizar el impacto de los vaivenes del tiempo en las personas y que recaba datos para apuntalar la idea de que nace una nueva enfermedad cada vez que se modifica el ecosistema. “Hay tres niveles de alerta por hipoxia e hiperoxia (poca o mucha cantidad de O2) y le plantea al usuario ocho preguntas en relación con su calidad del sueño, dolores musculares o de cabeza”, explica el investigador, convencido de que hay mucho por avanzar en este campo.

Efecto Foehn

Aunque todos debamos estar alerta, sin duda los más sensibles a las condiciones atmosféricas son las personalidades depresivas. Según explica el psiquiatra Carlos Mirapeix, se han descrito dos trastornos esencialmente vinculados a los cambios de estación: las depresiones invernales y las estivales; pero si hay algo que influye es el viento. “Parece evidente y contrastado que el viento Foehn y los vientos terrales, cálidos y resecos, pueden aumentar y agravar localmente los trastornos psiquiátricos y psicológicos. Estos estudios destacan por su incidencia en los trastornos depresivos, crisis de ansiedad, síndrome de agitación psicomotriz, irritabilidad, jaquecas, aumento de la agresividad… Además, muestran una relación muy estrecha entre el viento Foehn y el incremento de la criminalidad y los suicidios”.

Es probable que a estas alturas nadie dude ya de lo mucho que el sol o las borrascas pueden afectar a nuestro cuerpo. Si alguien cree que Javier López de Castro exagera, se equivoca. Aquel frente de Siberia llegó exactamente como él anunciaba, así que apunten un pronóstico para los próximos días: seguiremos con calor.

Irma Cuesta en Las Provincias

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