Enseñanzas Náuticas

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El invento de la ola vasca de 8 millones

Posted by jonkepa en septiembre 30, 2015

olas

Pinche para ver el gráfico.

Josema Odriozola no llegaba al metro de estatura cuando tomó la playa de La Concha, en San Sebastián, como patio de juego. Fue surfista antes que ingeniero y hoy se ha convertido en un fabricante de sueños. El creador de las olas artificiales más grandes del mundo contesta desde el norte de Gales, en el Reino Unido, donde supervisa que su máquina, su locura casi impensable, funcione al milímetro. Allí, en una antigua fábrica de aluminio, entre las montañas del verde Conwy Valley, acaba de abrir Surf Snowdonia, el primer parque público para surfistas sin playa. Una gran laguna artificial de “olas perfectas”: una ola de 180 metros de largo por casi dos de alto y 20 segundos de surf sin interrupción que Larry Page, el fundador de Google, y Nick Woodman, el ejecutivo mejor pagado de Estados Unidos y propietario de las famosas cámaras GoPro, ya han probado.

Por la laguna galesa de 300 metros de largo y 113 de ancho -seis campos de fútbol- también han desfilado los mejores profesionales internacionales como el británico Jayce Robinson, embaucados por una tecnología que Josema está exportando a todo el mundo desde su empresa, Wavegarden, situada en Aizarnazábal, un pueblo de 775 habitantes enclavado en el valle del río Urola (Guipúzcoa), y lo convirtieron en su laboratorio al aire libre. El próximo destino es Austin (Estados Unidos), con un parque de olas que abrirá en primavera y que promete más: 35 segundos seguidos de surf. El siguiente, Melbourne (Australia), donde los permisos están a punto. Quizá -depende de la nueva alcaldesa, Manuela Carmena- también Madrid. “Es el principio de una nueva era para el surf”, celebra.

Josema Odriozola, junto a la laguna de Gales. WAVE GARDEN

Josema Odriozola, junto a la laguna de Gales. WAVE GARDEN

Atlético, canoso y de hablar pausado, el deportista, que hace 13 años ganó el campeonato de España de longboard (tablas largas), resalta que la suya es una criatura parida por un equipo inusual: 22 empleados, 18 de ellos ingenieros, todos surferos. Han trabajado durante una década hasta dar con el sistema idóneo. Ahora los proyectos de apertura de nuevas lagunas se le amontonan.

La vida es caprichosa y el lugar donde José Manuel Odriozola nació hace 46 años se llama La Laguna (Tenerife). En 1974 la familia, de origen donostiarra, regresó a San Sebastián. Allí el niño creció envuelto en los atractivos del mar. Su primera tabla la utilizó con 12 años. Fue una mala noticia para sus padres: aquel deporte, menos generalizado que ahora, sonaba a “peligro” y olía a “malas compañías”. Sonríe… No sirvió de nada.

El surf siguió con él mientras estudiaba Ingeniería Industrial en Tecnun, la Escuela Superior de Ingenieros que la Universidad de Navarra tiene en la capital guipuzcoana. Josema encadenó viajes en busca de buenas olas, más allá de la famosa onda de Mundaka (Vizcaya): California, México, Indonesia, Costa Rica, Nicaragua, Marruecos… Sufrió el mal de todo surfista: la ausencia de olas largas, perfectas y continuadas para practicar.

La suya, como cualquier buena idea, brotó de una pregunta. Le asaltó en 2003 junto a su mujer, Karin Frisch, una economista alemana con especialidad en deporte, cuando ambos regentaban su propia empresa de instalaciones deportivas: “Si existe la nieve artificial, si existen los skateparks, ¿por qué no existe un parque para practicar surf?”.

Y llegó el prototipo

Primero ensayaron con simulaciones por ordenador, después con maquetas y finalmente a escala real. Compraron un terreno en Aizarnazábal, cerca de Zumaia, y construyeron una laguna artificial en la que fueron probando distintos sistemas. Algunos casi descabellados, como el de un tractor que iba generando la ola desde una de las orillas. La cosa, afortunadamente, mejoró.

La fórmula definitiva, que han probado in situ algunos de los mejores surfistas del mundo, consiste en una especie de pala que se mueve por debajo del agua y levanta una doble ola. Ese recorrido, unido a la forma adecuada del fondo del falso mar, hace que la ola rompa como quiere el surfista. El paisaje es estético: toda la maquinaria está oculta bajo el agua. Hace cinco años, en medio del verde País Vasco, levantaron la primera ola surfeable. Dice Josema que el lugar donde todo ocurrió ha tenido mucho que ver: en Guipúzcoa, la potente industria de maquinaria especial se conjuga con las mejores olas y la mayor concentración de empresas del surf de Europa.

Pero hay pocos sueños baratos. Esta tecnología es muy costosa y han sido inversores privados y firmas del sector los que han ayudado a Wavegarden a construir su prototipo y probarlo hasta alcanzar el conocimiento suficiente como para vender un proyecto de esta magnitud. Porque tiene que funcionar a la perfección: un pequeño fallo supone que el propietario pierda mucho dinero. Los números son abultados. Una instalación así cuesta en torno a los ocho millones de euros. La de Gales, con escuela de surf, zona de acampada, restaurante y tienda, ha costado 21,7 millones (16 millones de libras). Al día factura entre 20.000 y 30.000 euros.

¿Están superando a la naturaleza? “No hay nada mejor que el mar”, se apresura a decir Josema Odriozola. Añade que nunca harán olas tan grandes como las naturales porque exigiría un consumo energético inviable. Por el momento, 2 metros es el tamaño máximo de ola que garantiza su rentabilidad económica. Lo que añade el ingeniero a la naturaleza es la repetición: la garantía de olas perfectas -grandes, continuadas- siempre.

El sueño del fabricante de olas no sólo ha sido suyo. Hace décadas que los surfistas buscan la ola perfecta, ésa tan escasa en la naturaleza, ésa que no se da todos los días y que satura las playas de tablas y más tablas. A principios de siglo ya hubo algunos intentos: las primeras piscinas de olas se construyeron en Europa del Este y ya entonces se patentaron sistemas de generación de olas artificiales. Pero todos fracasaron: no eran rentables. “Generar una ola surfeable, por encima de un metro, tiene mucha dificultad tecnológica y exige una energía muy alta, una potencia que no baja de los 500 kilovatios”, dice Josema.

Del País Vasco a Gales

El “hito” del surf se encuentra hoy junto al pueblo de Dolgarrog, muy lejos del mar. Al abrigo de las montañas de Snowdonia, la instalación abrió el 1 de agosto y está duplicando las expectativas de la empresa promotora: 1.000 visitantes al día, cerca del 100% de ocupación.

Por 25 libras (34 euros), los principiantes pueden surfear 20 olas de 1 metro durante una hora; una sesión para expertos cuesta 45 libras (61 euros) y tienen garantizada una ola de 1,85 metros de alto cada 90 segundos. El fin de semana pasado, el parque acogió el primer campeonato del mundo de ola artificial, el Red Bull Unleashed 2015. Participaron 20 surfistas internacionales y más de 2.000 personas acudieron al espectáculo como público.

El ingeniero guipuzcoano tiene en cartera más de una treintena de proyectos en los cinco continentes. En España se han interesado Madrid y Barcelona. En marzo, el anterior Ayuntamiento popular de Ana Botella anunció que abriría un proceso de libre concurrencia para construir un complejo de 100.000 metros cuadrados en el Campo de las Naciones, en el barrio de Hortaleza, tras analizar de buen grado un proyecto presentado por la sociedad promotora Surf in the City que, apoyada en la tecnología Wavegarden, contaría con una inversión de unos 10 millones para abrir Wet Madrid en 2016: una enorme laguna, playas de arena, zonas verdes, olas gigantes. Desde la firma guipuzcoana aseguran que el futuro del proyecto está en manos de los nuevos regidores. En la lista de encargos figuran también Francia, Portugal, Alemania, Suiza, Brasil…

El siguiente salto pasa por que el surf entre en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Es uno de los ocho deportes preseleccionados junto al béisbol, el kárate o la escalada. Josema cree que este nuevo sueño tiene, también, muchas posibilidades de prosperar. “Hay 20 millones de personas que practican surf en el mundo. Lo que faltaba hasta ahora es una instalación artificial para competir si el país que alberga los juegos no tiene olas o no puede garantizarlas el día de la competición”, indica. La Asociación Internacional de Surf acaba de presentar la tecnología guipuzcoana como garantía. Ahora el Comité Olímpico Internacional tiene la última palabra.

Leyre Iglesias en El Mundo
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