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Lepanto: el enfrentamiento naval más sangriento de la historia

Posted by jonkepa en octubre 12, 2013

En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen los unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar y para torturarJosé Saramago.

Óleo de la batalla de Lepanto.

Óleo de la batalla de Lepanto.

Posiblemente, si omitimos la batalla de Kurks en la II Guerra Mundial o la carnicería que causó Aníbal a Roma en Cannas, Lepanto haya sido hasta entonces el más sangriento enfrentamiento en la historia de la humanidad y más si cabe, como confrontación naval. Finalizada aquella tremenda jornada (la más alta ocasión que vieron los siglos, Cervantes dixit), cuarenta mil cuerpos sin ánima se habían dado de baja en la realidad humana en un combate de menos de doce horas de duración. El horror había funcionado a pleno rendimiento.

Allá por octubre del año del Señor de 1571, una coalición cristiana, La Santa Liga, que como ariete principal embarcaría una infantería que ya apuntaba maneras –los tercios–, se enfrentaría en el golfo de Lepanto a una flota otomana que venía aterrorizando el Mare Nostrum en toda su extensión sin excepción geográfica alguna. Igual tentaban a los venecianos en Chipre que alimentaban o alentaban a los piratas de Berbería, saqueaban a los pisanos y genoveses o esclavizaban a decenas de miles de capturados en las razzias costeras.

La situación era insostenible y el flujo de mercadería por el Mediterráneo estaba colapsado por esta turbamulta de turbantes desatados. Además, para más abundancia, se paseaban por las antiguas posesiones del Imperio Romano de oriente como Pedro por su casa. Habían arrasado el este de Europa y habían llegado a tocar las aldabas de las puertas de Viena con la torticera complicidad francesa y el estupor del resto de los reinos continentales.

Juan de Austria, la emblemática figura que lideraría las fuerzas europeas, podría ser uno de los ciudadanos de uniforme llamados a ocupar el más alto escalón en el olimpo militar. El hermanastro de Felipe II parecía haber sido hecho en el mismo molde que Alejandro Magno o Aníbal. Su temeridad era inversa a la prudencia que caracterizaba a su hermano. De porte principesco y de mandíbula afinada, su acusado prognatismo le infería una aristocrática disposición que seducía a cualquiera a las primeras de cambio. Pero aparte de dominar el arte militar en su más amplia acepción, tenía una portentosa imaginación. Era un profesional de la milicia con dotes excepcionales.

En la compleja confección de los mimbres de la flota que se enfrentaría a los turcos jugaban un papel esencial los equilibrios diplomáticos. Así, Felipe II a través de Juan de Austria y tras arduas negociaciones, conseguiría, antes de que comenzaran las duras mareas de septiembre, cerrar agravios y malentendidos que obstaculizaran tan magna tarea y presentar su tarjeta de visita lo antes posible ante el arrogante Ali Pacha.

Fortuna iuvat audaces

La mañana del siete de octubre una temeraria descubierta de una rapidísima galeota turca avistó con estupor y consternación lo que se les avecinaba. Como en un cuadro puntillista, centenares de velas se aproximaban inexorablemente hacia el golfo de Corinto, la mayoría de ellas galeras, al compás del látigo y el chifle (silbato) de la terrible figura del cómitre. Cuando la fragilidad humana depende del compás del destino, no se discute la suerte, ésta está echada. A aquella castigada chusma de galeotes le daba igual vivir que morir, al fin y al cabo la muerte sólo podía ser una liberación a la terrible condena de vivir atado a un asiento día y noche durante años rodeado de ratas y chinches por doquier. Juan de Austria, ante la trascendencia de la aproximación de la ceremonia de la muerte, liberó a todos los galeotes de sus cadenas y repartió pan, carne macerada y vino de forma profusa entre los condenados, prometiéndoles la total liberación en caso de victoria; como así sucedió a la postre.

Para cuando se produjeron las primeras escaramuzas, los turcos ya estaban siendo empujados hacia la costa dálmata. El viento contrariaba su característico principio táctico de maniobrabilidad. Álvaro de Bazán, muy atento al quite, había evitado una osada penetración por el ala que comandaba el veneciano Barbarigo que más tarde moriría heroicamente en combate. En este ala, la izquierda, estaba el cronista de excepción, Cervantes. Su terriblemente lúcida y dramática crónica de la batalla quedará para la historia como la descripción del horror en sus formas más extremas.

Hacia las tres de la tarde y con un sol de justicia Ali Pacha sería capturado y con una rapidez inusual, su cabeza separada del soporte motriz. En lo alto de una pica española sangraba profusamente el que había sido la mayor pesadilla de la cristiandad. El pabellón de su galera sería capturado sin remisión, mientras que la carnicería alcanzaba proporciones apocalípticas. Allah ese día no parecía estar muy inspirado y su sensibilidad ante las prédicas de los orantes turcos había naufragado al igual que las más de cien galeras perdidas por los otomanos en combate. Más afortunada había sido la intervención del Dios cristiano en su asistencia a sus protegidos.

En torno a las seis de la tarde, la desbandada de los orientales era más que notable. La república de Venecia, con su almirante Doria al mando, había sido desbordada por el letal Uchali, hábil pirata de berbería que después de capturar el preciado estandarte de la Orden de Malta había dispersado y diezmado el ala derecha de la Santa Liga. Aunque tarde, Doria reaccionaría para participar en la persecución del terrible Uchali. Este, durante la batalla, aniquilaría íntegramente a todas las tripulaciones cristianas que capturó. Su crueldad ya era legendaria antes de Lepanto. Lamentablemente, el perillán se daría a la fuga al ver lo fea que se estaba poniendo la situación.

Un trabajo a medio hacer

A pesar de la contundente y severa derrota aplicada a los otomanos, aquella batalla de batallas “sólo” sirvió para reportar prestigio a España. Digo sólo, porque no se pudo rematar la faena, dado que la entrada del otoño presagiaba inminentes tormentas que convertían al Mediterráneo en un mar impredecible y la sensatez no permitía profundizar en la victoria aprovechando el desconcierto causado en las filas adversarias.

Además, la Venecia mercantil de siempre, más interesada en los negocios que en la defensa de los altos valores que principiaron y propiciaron aquella gesta, hizo paz por separado con el turco al margen de la Santa Liga contraviniendo lo convenido en acta solemne el año anterior. Un descosido más.

Mientras el júbilo se apoderaba de España entera, en Constantinopla se dictó un bando por el que se empalaba sin más preámbulos a todo aquel que hiciera mención de la derrota. El hito histórico que se extrae de este episodio es que, superando desencuentros y añejos enfrentamientos, Europa era capaz de movilizarse frente a un enemigo común. Algo todavía hoy de permanente actualidad.

Álvaro Van den Brule

Empecemos por los Principios (El Confidencial)

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Una respuesta to “Lepanto: el enfrentamiento naval más sangriento de la historia”

  1. Información Bitacoras.com

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